Buena la ha armado la Junta con su flamante “Catálogo de Escritores de Castilla y León”. De una tacada se ha creado quinientos enemigos. O cinco mil. La tira, vamos. Porque hoy en día, ya se habrán dado cuenta, lo de escritor se define como aquel que se considera a sí mismo escritor. Haya escrito poco, mucho o nada. Y de eso hay para parar varios trenes. Así que me temo que aunque en vez de sesenta y dos nombres propios hubieran sido trescientos habría la misma polémica o casi. Quién mandaría a los de Cultura meterse en ese berenjenal. Con lo bien que hubieran quedado si, como otra veces, se hubiera limitado al enésimo catálogo de sus ganadores del “Premio Castilla y León de las Letras” o al uso de otro criterio similar e igualmente restrictivo, pero acotado, indiscutible. De los que no permiten la típica protesta:
-Oiga, ¿y por qué no estoy yo ahí, siendo como soy autor de la inolvidable “Autobiografía de mi ombligo”?
-Porque no ha sido usted galardonado aún con nuestro más alto premio.
-Ah.
Pero, claro, si solo pones “Escritores” y de “Castilla y León”, la has fastidiado. Hasta los escritores de telegramas esperan verse incluidos. Así que, ya digo, hay una buena polvareda montada entre mis colegas literarios. Me han llegado las protestas de algunos y no sé qué decirles.
-Tú tampoco sales, te advierto.
Eso me hace reír.
-Lo que me haría caer al suelo es que me hubiese incluido precisamente a mí, con el empeño que he puesto siempre en que los “cultos” apenas me vean. Yo practico la literatura más invisible del mundo, más incluso que la poesía: la literatura infantil. Los mandarines de la cultura jamás sabrán que yo existo, pero eso me divierte, porque sus hijos sí que me conocen y tienen mis libros en sus estanterías.
No creo, la verdad, que tenga mayor importancia eso del “catálogo”. La cultura oficial siempre ha consistido en un reparto aleatorio y caprichoso de dudosos laureles. Los escritores, si de verdad lo son, deben obsesionarse con lograr el milagro de que alguien los lea con interés. Lo demás es espuma. Y vanidad, infinita dosis de vanidad. Por lo demás, y aquí entre nosotros: ¿de veras hay en Castilla y León sesenta y dos escritores? Venga ya. Por fuerza se les han colado “escribidores” a punta pala. Lo que pasa es que rige la definición mencionada: si usted se dice ahora mismo escritor, ya lo es. Prodigioso, ¿eh?

(Articulo publicado hoy en La Opinión de Zamora)

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