En aquellos tiempos empezaron a suceder fenómenos extraños en el siempre asombroso país de las mil Españas. Uno de ellos fue que la gente, poco a poco, dejó de cantar. O sea, el todo. Y eso que siempre había sido un país muy cantarín. Cantaban los peones en lo alto del andamio, los limpiadores por la escalera, los paseantes por la calle, todo el mundo bajo la ducha… Pero entonces apareció una Sociedad muy poderosa e hizo saber que tal cosa no podía seguir como estaba.
-La música, señores, no crece de la nada o porque sí; no cae del cielo. La música, señoras, es una creación humana y por eso mismo cada vez que suene en alguna parte, el ser humano que la ha creado habrá de cobrar. Ojo al dato y atentos, porque yo soy el recaudador.
Al principio nadie prestó mayor atención a quien iba diciendo cosas así, habida cuenta de que tampoco era fácil de entender. Pero pronto la Sociedad se reveló muy poderosa. Cobraba a todos por poner o por escuchar música, volvía a cobrar si volvían a poner o escuchaban dos veces música, cobraba de nuevo si en vez de “bis” la gente pedía “tris” y hasta empezó a mandar a los tribunales a humildísimos pueblos sin presupuesto por el horrible delito de haber contratado charangas, orquestinas, grupos de verbenas, sin haber pagado su parte a la temible Sociedad.
-Oiga, oiga -decía los de los pueblos-, que nosotros siempre pagamos los músicos que contratamos. Y a tocateja, oiga usted.
-Sí, pero esto no tiene nada que ver, es aparte -decían los mil abogados a sueldo de la Sociedad-, esto es para los inventores de las piezas interpretadas.
-¿Pero qué piezas, qué dice usted; si aquí la orquesta solo tocó unos pasodobles que para que no hubiera líos se estuvo inventado el Zenón la noche anterior?
-Eso no tiene nada que ver. La Sociedad cobra por toda la música, sea quien sea el autor. Y no hay más. Y si no pagan ahora mismo lo que les digo, se van todos a Topas, empezando por el alcalde.
Naturalmente, todos pagaron. Aunque solo una vez. Después, nadie volvió a atreverse a contratar orquestas, charangas o grupo alguno. Llegaron entonces los pleitos contra particulares particularmente cantarines. Ibas por la calle canturreando y de pronto se te aparecía un señor, con pinta de insigne letrado:
-Firme aquí. Le he pillado cantando, tiene que pagar el importe indicado a la Sociedad.
-Eh, bueno, en realidad iba cantando una composición propia.
-Como si no. Leáse la ley. Tenemos poder para cobrar por toda la música, incluida la que se le pueda ocurrir a usted mismo. Aunque miente. Le he escuchado perfectamente canturrear la última de “Estopa”.
Total que poco a poco todos dejaron de cantar por la calle, en lo alto de los andamios, en los descansillos de las escaleras, en las plazas y hasta bajo la ducha. Incluso las emisoras de radio volvieron a los orígenes y se limitaron a hablar o a hacer ruidos artesanales, siendo particularmente destacable la reconversión de una conocida cadena de éxitos musicales que pasó a llamarse “Los 40 charlatanes” y se convirtió en la más oída con diferencia, incluso por encima de las radios convencionales o de masas. La música, en fin, desapareció del extraño país. Y lo más que se veía, a veces, era a alguno de los muchos músicos en paro, tocando en la calle para pedir una ayuda. Aunque la gente, tras darle lo que podía, le susurraba:
-Ten cuidado, hijo. Que como venga la Sociedad que dice representarte, no creo que hayas podido sacar suficiente.
Y colorín colorado, este cuento de miedo ha terminado. (No sin que se resalte que todo lo narrado, pero todo, ¿eh?, es puro fruto de la imaginación calenturienta de su autor sin que en modo alguno tenga nada que ver con Sociedad real existente alguna y menos si tuviera en nómina abogados a mogollón. Dicho quede a los efectos que proceda, ¡ejém…!).

Anuncios