-¿Por qué escribes?

Es la pregunta más endiablaba que se le puede hacer a un escritor. Y se le suele hacer, no una vez, sino cada dos por tres. Es lógico. Es natural. Se comprende, porque la pregunta tiene sentido. El problema es que carece de respuesta. Ningún escritor, si de verdad lo es, sabe qué responder. Unos hacen chistes, otros se van por los cerros de Úbeda, muchos sueltan lo primero que en ese momento les llega a la cabeza…

Y éste cercas.jpgha sido el planteamiento del escritor Javier Cercas en su último artículo de “El País Semanal”. Con brillantez, como si hiciese acopio de todas las respuestas posibles para el resto de sus días, va y suelta toda una lista digna en verdad de ser degustada:

“… Escribo porque me encanta que me pregunten por qué escribo. Escribo porque me aburro y porque si no escribiera me aburriría muchísimo más. Escribo porque escribir no sirve absolutamente para nada y sin embargo mientras escribo tengo la absoluta seguridad de que sirve absolutamente para todo. Escribo porque absolutamente nada tiene ningún sentido y sin embargo mientras escribo absolutamente todo parece tener un sentido absoluto. (…)

“Escribo porque a los ocho años leí Pimpinela escarlata y desde entonces no he hecho otra cosa que intentar plagiar esa novela. (…) Escribo porque me pagan por escribir tonterías. Escribo porque todavía no he encontrado una forma más decente de ganarme la vida. Escribo (me explico) porque no sé hacer nada útil, ni siquiera atarme los cordones de los zapatos: si supiera curar a los enfermos, no escribiría; si supiera rematar en plancha un libre indirecto, créanme, no escribiría. Escribo porque sí y porque me da la gana, y a quien le parezca mal que me lo diga en la calle. Escribo para poder pensar (esto, creo, lo dijo Cabrera Infante). Escribo porque cuando escribo tengo la impresión acusadísima de que soy una persona inteligente y también de que todos los que me rodean son todavía más inteligentes que yo, sólo que ellos no se dan cuenta.

“Escribo para que me lea mi madre, que es la única que me leía cuando no me leía nadie y la única que me leerá cuando ya nadie me lea (¡un abrazo, mamá!).

“(…) Escribo porque si no escribiera no tendría ni un solo motivo para respetarme, muy pocos para levantarme por la mañana y casi todos para convertirme en un peligrosísimo oligofrénico, de lo que se deduce que el Estado debería subvencionarme para que siguiera escribiendo. (No escribo, por cierto, para que me quieran más: las personas que me quieren me querrían igual si no escribiera, y las personas que no me quieren no me querrían ni aunque dejase de escribir)…”.

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