cruz.gifNo serán seres vivos, pero lo parecen. Las palabras. También ellas nacen, se reproducen y mueren. La reproducción la hacen a veces por si mismas, a lo hermafrodita, haciendo que les salgan palabras derivadas de todo tipo. Otras veces se aparean con otras palabras, forman las llamadas compuestas y dan a luz nuevos términos con nuevos significados. Y por supuesto, mueren. Un día deja de faltarles el oxígeno del uso, caen en el olvido y dejan de existir.

La Academia Española de la Lengua anda preparando un nuevo Diccionario en el que va a suprimir un buen número de vocablos en desuso; es decir, palabras muertas; es decir, va a proceder al sepelio de palabras fallecidas que ya nadie usa ni sabría usar. ¿O ocaso conoce alguien el significado de “piujar”, “retrónica”, “lanteja”, “lagana”, “cader”, “fallazgo”, “acertajo””, “churriana”, “alfonsearse ” o “atraquina”? Entre otros.

Pero duele. Todas las muertes duelen, incluso cuando no has tenido ocasión de tratar al finado. La Academia se dispone a dar digno entierro a palabras muertas hace mucho tiempo. Y uno, humildísimo feligrés de la secta que no reconoce otro dios que el de las palabras, enhebra como puede este lamento en su honor. Descansen en paz las palabras que nunca volvimos a pronunciar.

Y me permito una sugerencia para la Academica. Planee un nuevo Diccionario que sirva de Cementerio a las Palabras Muertas. Irán a él cuanta palabra dejar de figurar en los Diccionarios de la Lengua Viva. Y tendrán así un homenaje eterno de quienes tanto les debemos.

Es Gracia que espero alcanzar de Sus Ilustrístimas y Excelentísimos, los señores Académicos de la Lengua (los listos, o sea; que son dos o tres).

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