umbral.jpg Dicen de Umbral, a quien se está velando cuando enhebro esta sucesión de letras, que ha sido un maestro de columnistas. Y dándole vueltas a la frase llego a la conclusión de que al menos a este columnista insignificante que soy yo sí que le ha influido. Desde el principio y más aún al principio, obviamente. Superdotado para el manejo de la escritura, el columnista Umbral, en sus tiempos de máximo esplendor, constituía todo un catálogo viviente de las mil formas posibles de glosar alguna cosa. De un solo tema, quiero decir, era capaz de escribir cien o mil artículos y todos absolutamente diferentes y todos literariamente atractivos. Y después estaba eso otro, tan umbraliano, que decía veces y que yo, recordándolo, he dicho también muy a menudo a los amigos:
-Los mejores artículos me salen cuando no tengo tema.
Porque escribir artículos frecuentes, todos los días, es cuestión esencialmente de hallar tema, materia sobre la que escribir. Ese es el reto, lo que lleva tiempo, lo que nos hace mirar obsesivamente diarios, escuchar conversaciones y mantenernos informados. Y cuando el tema se te resiste es cuando te entran sudores fríos, barruntando que habrá llegado el día en que se te acabaron los artículos. Nunca sucede en sentido estricto, pero el columnista lo teme siempre. Pues bien, en esos días “en blanco”, cuando la cabeza se niega a darte la idea básica, el tema al que agarrarte y enganchar tu columna, era cuando Umbral, según él mismo, acababa escribiendo sus mejores artículos. Y salvando las distancias siderales, lo recuerdo a menudo porque he tenido muchas veces esa misma sensación. Los días en que, sin tema definido, te pones a escribir simplemente porque llegó la hora y no puedes posponerlo más, se produce de pronto el milagro: te sale un texto hermoso, intemporal quizá, de los que los lectores dirán después que era “de guardar”.
Recuerdo eso, en fin, porque es uno de los detalles por las que siempre he tenido a San Umbral, laico y pecador patrón de los columnistas, presente en mis prosaicas y periodísticas plegarias. Aunque sé que la deuda es más profunda y que no escribiría como escribo columnas como ésta si en su momento no hubiera devorado y me hubiera dejado empapar por el estilo, tantas veces pirotécnico, de algunas suyas. Llegó a escribir Umbral, recuerdo, columnas periodísticas en impecables e inspiradísimos endecasílabos… Que la tierra le sea leve, pues, al viejo y gruñón maestro Paco Umbral, poseedor de una de las dos o tres mejores prosas castellanas del siglo XX. (¡Y a la Academia, donde no le dejaron entrar para que no “cantara” tanto la mediocridad de sus últimas hornadas de inquilinos, que le den!)

(Mi columna de hoy en La Opinión de Zamora)

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