ptolomeo.jpg Espero que no se chive nadie, pero es el caso que me gusta ese título de arriba más allá de lo aconsejable. O sea, estaba leyendo, ¿no?, la noticia ese del fulano que mangó unos libros y mapas, tan antiguos como valiosísimos, en la mismísima Biblioteca Nacional. Y del que acabamos de saber que también anduvo por Salamanca, husmeando en la no menos golosa Biblioteca de la Universidad (entre otros, variados y cultos sitios).

Y al leer las andanzas y aficiones del tal Gómez Rivero, don César, como que me empezó a dar una cierta envidia, soterrada, por supuesto; reprimida, faltaría más. O sea, uno es como es, qué quieres que te diga. Yo leo o veo algo sobre un butrón en una joyería, sobre un robo a mano armada o desarmada en un banco y no me conmuevo más allá de lo normal y corriente. La mercancía que roban en tales casos, quiero decir, a mi ni fu ni fa. Jamás se me pasaría por la cabeza ir a robar joyas o dinero. Con las primeras no tendría ni idea de qué hacer. Del segundo, aunque me veas con esta pinta, desde que tuve un día para comprar un segundo televisor, concluí que ya andaba sobrado.

O sea, que no me llaman ese tipo de cosas. En cambio, tu, qué desviación, leo las noticias sobre ese ladrón, al que supongo extremadamente culto y refinado, que va por las mejores bibliotecas, viendo los libros, documentos y mapas más bellos y antiguos, los incunables que solo pueden tocar algunos privilegiados… Y siento una envidia atroz. Y me sorprendo deseando haber sido yo también, en alguna de mis raras vidas juveniles, un ladrón de bibliotecas, pero a la grande, a lo refinado, como ese uruguayo.

-¿Qué desea el señor?

-Un par de Ptolomeos, el “Mío Cid” de Per Abat y el Libro de Horas de Doña Sancha.

-Lo lamento, el “Mío Cid” está en estado demasiado delicado y solo puede acceder a una de sus copias.

-Vaya. Pues póngame un par de Beatos.

Y en una de esas salas imponentes de Bibliotecas como la Nacional o la bellísima y originaria de la Universidad de Salamanca, las manos enfundadas en guantes blancos protectores, me imagino con mirada progresivamente ebria entre esas páginas guardadas a lo largo de los siglos solo para alguien como yo las volviera a contemplar… ¿Cómo resistir, día tras día, semejante tentación?

Si yo hubiera sido alguna vez ladrón de bibliotecas, eso sí, jamás hubiera vendido después la mercancía. Eso, ni pensarlo.

 

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