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Donde yo vivo no tenemos Día del Libro; tenemos días del libro, en plural. Pero en singular y con potencia, pues no. La excusa oficial es la coincidencia con el Día de Castilla y León, esa fiesta en la que solo creen los que viven del invento autonómico (que, eso sí, son ya legión.) Ya ves tú qué competencia para algo que tiene siglos y de cuyas virtudes no es preciso ni hablar. Imaginemos que la coincidencia se diera donde sí que hay Día del Libro y muy arraigado entre la población, cual Cataluña. Imaginemos que a los catalanes les coincidiera su Fiesta del Libro y La rosa, con la autonómica? Estoy convencido de que organizarían una superfiesta espléndida, en la que aún se venderían más libros que ahora (un diez por ciento de la venta de todo el año: eso es en números el Día del Libro en Cataluña).
Pero en las provincias de Castilla y León, basta con que llegue un festejo no muy lucido, para que el mortecino sector del libro se apresure a sacar bandera blanca y a batirse en retirada, convencido de que no tiene nada que hacer.
– La gente ese día se va de excusión al campo. Es inútil sacar los libros a la calle o programar cualquier actividad.
Eso alegan. Supongo que será así. Yo también, si tengo ocasión, me voy. Lo que pasa es que tampoco se nos ha dado nunca motivo para quedarnos; jamás se nos ha tentado con una fiesta estupenda de libros, actividades culturales, flores y sonrisas literarias. Y lo que pasa es que si fuera realmente cierto eso de que todos se van al campo y más en concreto a la campa de Villalar (donde se centraliza la fiesta autónomica de esta región), lo suyo sería que al mismo sitio se fueran también todos los libreros, vendedores y autores a plantar su mercancía, a unirse a la fiesta sin dejar de lado lo suyo y aprovechando que los libros no son incompatibles con nada, menos aún con festejos.
En realidad, sin embargo, lo que pasa con los libros en Castilla y León, no digamos en lugares menguantes como mi propia provincia, Zamora, es que andan acobardados, carecen de autoestima, se creen progresivamente hacinados en las cunetas de la historia. Por eso no plantean batalla ni ante algo tan nimio como una fiesta recién inventada. Y desplazan sus actos a los días anteriores y posteriores; a la semana completa, con la única excepción del Día del Libro en sí, del 23 de abril, en el que nunca parece haber hueco alguno por estas tierras para el genial artefacto de papel.
…Y todos los años, cuando llega el Día del Libro, me apetece ser catalán. Solo ese día, que conste. Pero ese día con mucha, pero que mucha intensidad.

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