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No lo merezco, pero soy un tipo con suerte. Y pese a no ser nadie, un simple peatón que anda por ahí, me han permitido que les presente al invitado de hoy…

Ese invitado es don José Jiménez Lozano, del que quizá piensen que lo último que necesita es presentación. Bueno, él no, él no creo que necesite nada, menos aún presentación. Pero nosotros, ustedes y yo, puede que sí. Nunca viene mal, me parece, situar en su contexto el significado de alguien como él. Y su contexto no creo que sea esa fama superficial que se deriva de premios y honores que en su caso, además, le han llegado a cuenta gotas y con un injusto e incomprensiblemente retraso, a mí entender.

Miren: de don José Jiménez Lozano, hasta hace casi nada, pocos eran los que sabían algo fuera de Valladolid. Y en Valladolid sabían de este avulense de nacimiento, más por periodista que por escritor. Lo fue todo en “El Norte de Castilla”, aquel Norte que dirigiera nada menos que Miguel Delibes y que acabó dirigiendo, tras mucho tiempo de subdirector, el propio José Jiménez Lozano hasta su jubilación. Pero al tiempo, sin dárselas de nada, muy silenciosamente, sin que apenas se enterasen cuatro gatos, iba edificando una obra literaria literalmente portentosa. (Y el tiempo situará esta afirmación tajante y mía en su lugar).

Yo supe de él por azar, cuando aún estaba en esa etapa silenciosa en la que, como el Supermán de los tebeos, escondía su verdadera personalidad bajo el logrado disfraz de un periodista. (Aunque muy culto, eso sí: cuentan que en “El Norte de Castilla” le consultaban todo lo que nadie sabía responder, como si fuese un Internet humano antes de que se inventara Internet.

Tengo o he tenido bastante de “ratón de librería”, más que de biblioteca. Me ha gustado desde pequeño entrar en una librería sin propósito definido, mirar libros, ojearlos, hasta que alguno me seduce, váyase a saber por qué y me le llevo.

De eso modo y de ningún otro fue como supe que existía un escritor llamado José Jiménez Lozano. Cierto día en una librería de Zamora, buscando nada en particular, hallé un libro suyo que me atrajo: quizá por el título, por la portada, por lo que se escribía en la solapa. No lo sé. No lo recuerdo. El caso es que me lo llevé.

Y me dejó fascinado, hasta hoy mismo, con su forma de escribir. Y con lo que mediante esa forma me contaba.

No sé cuál fue ese primer libro de Jiménez Lozano que leí. Sospecho, por la calidez del recuerdo, que tuvo que ser “Sara de Ur”. ¿O quizá “El mudejarillo”, que fue otro de los primerísimos que leí de él y que también me emocionó? Tampoco descarto que se tratase de “El grano de maíz rojo” o el “Cogedor de acianos”, libros de relatos ambos que están en mis estanterías desde la misma época más o menos. Alguno de esos, desde luego, fue el primero.

Y los cuatro, como algunos otros que leí después, estaban editados por una pequeña editorial de la que nunca había oído hablar: Anthropos.

Recuerdo lo injusto que me pareció que un autor de tantos quilates tuviese que publicar en una editorial tan modesta, con la que a buen seguro vendía poquísimos ejemplares. Aunque como lector siempre agradeceré a Anthropos su clarividencia literaria. A mi me permitió descubrir libros diferentes, escritos en una de las mejores prosas que he hallado en nuestro idioma.

Y no me resisto a mencionar otro de ellos, que leí en esa misma época, “Las sandalias de plata”. He ahí una novela que los zamoranos deberíamos devorar, pues se desarrolla en esta provincia y más en concreto en el Lago de Sanabria, donde fabula el autor que pudo instalarse un día nada menos que el cementerio de residuos nucleares que durante tanto tiempo tanto asustó a estas provincia (por ser una de las más firmes candidatas para su ubicación). Esa novela, de enorme poderío simbólico y tono profético, me impresionó tanto que por eso perdí pronto mi ejemplar: lo prestaba entusiasmado y ya no sé quién fue el mal amigo que jamás me lo devolvió.

Naturalmente, leí obras posteriores (y anteriores) de Jiménez Lozano, particularmente fecundo desde que le llegó la bendita jubilación periodística. Pero para mí, su contexto esencial está encerrado en esas primeras sensaciones de un lector que, sin saber nada de él, lo descubre un día como a un escritor le gustaría siempre ser conocido: con la lectura de alguna de sus obras.

Por eso no les hablo de su imprescindible y colosal “Guía Espiritual de Castilla”, sin cuya lectura no puede entenderse lo que es esta región (y en el fondo, España). Ni les menciono que Las Edades del Hombres es, literalmente, otro de sus títulos, pues él puso el guión, es decir, el alma de aquel sueño en forma de exposiciones que hizo realidad en sus primeras y más valiosas fases el cura Velicia y que tanto significó para la autoestima de esta tan doliente y rara entidad autonómica. Ni pierdo el tiempo mentando lo que ya se sabe de él, como que al fin se le fue haciendo justicia y se le dieron galardones como el Cervantes, el Castilla y León de las Letras y alguno más. Ni les quiero aburrir con esas cosas de que nació en Langa, Ávila, el 13 de mayo de 1930, aunque desde hace muchos años reside en otro pueblecito vallisoletano, cuyo nombre parece extraído de algunos de sus más bellas novelas, Alcazarén.

En cualquier sitio encontrarán esos y otros muchos datos, bibliografía del autor incluida.

Pero yo prefiero que se queden, a modo de contexto o presentación, con mi humilde entusiasmo de lector. Don José Jiménez Lozano es un escritor de temple y calidad, de los que apenas quedan ni se dan; un hombre que nunca escribe o habla a “humo de pajas”

Por eso, callo de inmediato y suya es la palabra, don José…

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(Texto de la presentación hecha al autor mencionado el 5 de mayo de 2008, en un reciente acto público que protagonizó en el Colegio Universitario de la ciudad española de Zamora.)

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