Nada hay más inútil, en si mismo considerado, que el acto de leer. Me refiero siempre, puntualizo, a la lectura placentera o literaria. Creo que ahí, en su absoluta falta de utilidad, reside, no su punto débil, sino su fortaleza. Conviene resaltarlo porque en estos tiempos tienden a cargarse las tintas sobre la utilidad de cualquier tipo de actos para justificar su existencia o para darle importancia.

Son muchos los que caen en el error de buscar utilidades al acto literario de leer: nada más erróneo. La literatura es un Arte, entre otros muchos. Y todo Arte, por definición, aborrece el concepto de utilidad y aboga por el de di-versión (aunque sin perder de vista el sentido etimológico de este término: di-vertere, verterse en dos, quebrar el uno, la uniformidad, la monotonía; enriquecernos y multiplicarnos).

Todo lo cual lleva a una premisa básica y difícilmente discutible: se lee por placer o no se lee. Porque, demás, cuando no se lee por placer, sino por obligación, por trabajo, lo que se está haciendo en realidad es otra cosa muy distinta: descifrar un código. Para animar a la lectura, pues, lo procedente es predicar, divulgar o contagiar ese placer “per se”, al margen de cualquier utilidad o cualquier pedagogía de la lectura estará condenada al fracaso.

Cuando todo lo anterior se olvida, no se tiene en cuenta o se cree justo lo contrario, puede ocurrir lo que me parece que está ocurriendo hoy muy a menudo. Y lo que ocurre hoy es que cada vez son más necesarias jornadas como ésta y planes de animación a la lectura, pero no para los niños o escolares, aunque también. Pero no, menos aún, para los adultos. Cada vez se necesitan más actividades de animación a la lectura que sirvan, sobre todo, para animar a los propios animadores, a los que por diferentes razones nos hemos ido implicando, en mayor o menor grado, en este tipo de tareas. Pues francamente creo que en líneas generales cada vez estamos todos más desanimados.

Si uno escucha las voces más frecuentes en este ámbito, caben pocas esperanzas: la batalla está perdida. Se nos dice una y otra vez que hay forma de competir con el imperio audiovisual, ni de contrarrestar la proliferación e innegable encanto de las pantallas multiformes. El mundo moderno, las nuevas tecnologías corren en una dirección inesperada y el libro va quedando arrinconado, como un objeto vetusto, antipático, pesado y carente de atractivos. Ponerse a pelear contra todo eso viene a ser, se nos insiste, como aquello del ángel de San Agustín que trataba de vaciar el mar con un cubo de jugar en la arena.

Eso, digo, es lo que se palpa en la ambiente, lo que parece deducirse de las palabras y pesares de no pocas gentes amantes del libro y cultivadores de la animación a la lectura. Sin embargo, ¿es de veras tan pesimista, tan negro o negativo el panorama? Sinceramente, yo no lo comparto. Para saber dónde estamos hay que mirar de dónde venimos, qué somos y qué hemos logrado. En definitiva, hay que comparar para no caer en la abstracción.

Y mi punto de comparación del hoy de la lectura y sus animaciones no puede ser otro que el de mi infancia, la de un niño de pueblo zamorano en la España de los sesenta. Entonces no había tele en casa, solo una para todos los vecinos en el bar del pueblo. Por no haber, no había casi ni casa: esta era solo el lugar donde se comía y se dormía; la vida estaba fuera, todo el día, también para los niños.

Desde luego no existían consolas, Internet, cines o distracciones sofisticadas. ¿No parece eso implicar, por oposición a los presuntos males del presente, que se crió uno en el paraíso de la animación a la lectura? ¿Pero lo era?

La respuesta es demasiado obvia y la sabemos todos. Para empezar, no había apenas libro al alcance de ningún niño, salvo ancestros aristocráticos o poco menos. Pero incluso si hubiera habido la rica oferta que tenemos hoy, ¿creen que el niño de pueblo que yo fui hubiese elegido la lectura, cuando la alternativa era jugar cuando quisieras en la calle de aquellos pueblos rebosantes de vida, aventura y sin coches? ¿Hubiera preferido sumergirme en la lectura que irme a trepar a los árboles con los amigos, o a pescar o a bañarnos al embalse? Ni yo ni nadie.

Leen mucho más mis hijas hoy que yo ayer, por el simple y duro hecho de que la moderna vida urbana encierra a los niños, apenas les proporciona espacios a los que escapar y los deja a menudo sin otra alternativa que las múltiples pantallas o los libros. Y créanme, también de las pantallas, cuando no tienen otra cosa, se acaban fatigando.

Yo no estimo, por tanto, que hoy se confabule todo contra la animación a la lectura y que esta equivalga poco menos que a predicar en el desierto de los tártaros. Pienso más bien lo contrario.

Estamos desembocando, pese a todos los problemas, en una sociedad del ocio y el tiempo libre. Y en tal tipo de sociedad no hay alternativa de ocio que no encuentre su hueco o lugar. Leer es una de esas alternativas, lo seguirá siendo y es además la que goza de un mayor prestigio social. Por eso creo que los animadores nos estamos desanimando sin motivo y seguramente por puro y natural cansancio, pues lo cierto es que estos, dígase lo que se diga, son tiempos estupendos para la lectura y para animar a los más jóvenes a utilizar esa rica y estimulante vía de escape para su siempre exuberante imaginación.

Lo que procede desterrar es tanto pesimismo infundado. Los libros ni están acabados, ni carecen de hueco o perspectiva en el mundo tecnológico en el que nos estamos sumergiendo. Y la comprobación es la mar de simple: basta con leer.

Otra cosa, desde luego, es que se parta de metas imposibles y ello lleve a la frustración y el desencanto. Que es, a mi juicio, el otro factor que explica este ambiente de cierta depresión. Muchos animadores se desaniman en realidad porque ven que, por mucho que se esfuercen, por muchos planes que se hagan, por mejores libros que se escriban, los lectores fervientes serán siempre una minoría. El error ahí, a mi juicio, es de perspectiva, de marcar metas de imposible cumplimiento.

Ninguna afición, por placentera que sea, alcanza mayorías absolutas, por así decirlo. El fútbol gusta a mucha gente, pero no a todos. Ni siquiera a la mayoría, como demuestran las pocas estadísticas que se divulgan al respecto. El cine es un arte lleno de atractivos, pero tampoco a todo el mundo le gusta el cine. Ni la música o la pintura. ¿Por qué la lectura sí debería de gustar a todos, qué sentido tiene plantearse eso? Nunca ha sucedido. De hecho, vivimos en la época de máxima alfabetización y de mayores índices de lectura, en todos los sentidos y desde cualquier parámetro que quiera cotejarse.

El objetivo de la animación a la lectura no debe ser que lea todo el mundo, porque eso solo nos llevará a la melancólica situación del fracaso irremediable. El objetivo es que nadie, ningún niño, se pierda la lectura por carecer de habilidad, medios o información. Pero una vez que hayamos procurado esa habilidad, esos medios y esa información, nuestra tarea ha culminado. La de la escuela, muy en particular.

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(Texto de mi intervención en la “I JORNADA PROVINCIAL DE FOMENTO DE LA LECTURA”, celebrada en Zamora, ante un público de maestros, el siete de mayo de 2008).

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