Hay días en que me siento prehistórico. Por ejemplo, cuando echo un vistazo a los nuevos libros que andan mis hijas comprando para el cole. Cuánto libro. Cuánto cuaderno. Qué diccionarios. Qué carteras. Qué materiales. Todo lleno de colorido. Los libros, grandes, pesados y del papel más caro: se nota que da igual el coste porque la compra para el “cliente” será obligatoria, sin que pueda elegir entre la inexistente competencia. Cada colegio hace su lista de libros y la libertad de elección de los papás consiste en elegir librería, todas las cuales a su vez están obligadas por ley a cobrar idénticos precios. ¿A quienes velan por la competencia en los mercados nunca les llamará la atención nada de esto? Las carteras han de comprarse inmensas, como mochilas de montañero y con ruedas, porque si no a ver cómo cargan las criaturas con esa tonelada de carísimos libros, descomunales diccionarios, cuadernos de todo tipo y color, estuches con todo lo imaginable.

Me siento un dinosaurio viendo todo eso, los preparativos, lo que se les viene encima a mis hijas, que están tan contentas con su flamante montaña de libros, cuadernos y material. Me saldrán listísimas, doy por hecho. Al fin y al cabo, oiga, yo no salí mal del todo y no tuve nada de nada. Mi material escolar era un pizarrín con un trapo atado, para borrar. Y una tiza. Algún que otro cuaderno. Y un libro cada curso, como mucho. ¿Para qué queríamos más? Ya se encargaban aquellos admirables maestros de enseñarnos todo de viva voz, escribiéndolo en la pizarra de clase o copiándolo cada uno en nuestro pizarrín. Si hubiese relación entre material escolar y rendimiento, los niños de ahora tendrían que ser todos genios.

Pero “business is business”, el negocio el negocio, la pela es la pela. La industria de libros de texto y material escolar da a mucha gente de comer. Así que, año tras año, aumenta la montaña de libros que han de comprar los padres y que los niños han cargar después cada día, como si fuesen hijos de Hércules. Imagino que pronto iremos los padres con una carretilla de obra acompañando a las hijos cuando van y vienen del cole. Las gigantescas carteras ya suelen ir reventadas y hay días en que ni los padres podemos con ellas. Cuando la carretilla se nos quede pequeña, iremos con un motocarro, una camioneta o así. Por los hijos, lo que haga falta. Y por los editores de libros de texto y sus legiones de pedagogos a sueldo, también. ¿Qué importa, hombre, que después nos salgan tan listos –los hijos, no los pedagogos- como cuando los del jurásico estudiábamos con un simple pizarrín y quizá algún año con el lujoso “Parvulito”? Viva la libertad.

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