Sobre una bandejita de cerámica, encima del ordenador en el que trabajo todos los días, tengo desde hace tiempo una tarjeta de visita para que no se me olvide que he de llamar a quien me la dio. La tarjeta es mínima y con encanto. Está hecha a mano, cortada a mano y escrita a mano con limpia caligrafía. Dice: “Luis Angel Puente Román / ILUSTRADOR (Bombero a ratos)”. Y añade un número de móvil y una dirección de correo electrónico. Hablamos un día de su pasión por el dibujo, de su vocación de ilustrador. Se ofreció para ilustrar alguno de mis cuentos, si algún día me apetecía. Me apetecía, aunque le expliqué:
-Los autores de literatura infantil no decidimos nada en la ilustración de nuestros libros. Conocemos las ilustraciones cuando sale publicado el libro. Todo, en ese ámbito, lo deciden las editoriales, donde tienen sus equipos de ilustradores como tienen el de autores. Pero incomprensiblemente trabajamos de espaldas unos y otros.
Generoso, me replicó que daba igual, que él solo quería ilustrarme una historia por el placer de hacerlo. Aunque después ni siquiera llegara a publicarse. Y me dio la tarjeta para que lo llamara cuando quisiera, si un día tenía un cuento apropiado.
-Ya tienes mi teléfono, y así, si un día quieres, me llamas. Y si no, pues por lo menos sabes que no te volveré a dar la paliza.
Sin olvidarme del asunto y con la tarjeta a mano por ello, la verdad es que yo esperaba a que acabara este año para -estando menos liado que ahora- ponerme a pensar o a buscar un cuento adecuado. Mi idea, tal y como comenté en su momento, era abordar un álbum infantil, uno de esos libros de gran formato y colorido donde las ilustraciones son tanto o más importantes que el texto. La posibilidad de publicar algo así, muy caro de producir, es remota. Pero hay concursos específicos a los que cabía presentarse y que desde luego, si se ganan, son la mejor tarjeta de presentación para un ilustrador.
Resultó que nos veíamos después cada dos por tres, porque andábamos por la misma zona de la ciudad y porque él con sus dos hijos aparecía en todas las actividades a las que iba yo con las mías. Elegante, no me volvió a mencionar el tema de las ilustraciones. Tampoco yo. Seguro que ni por asomo pensaba que me hubiera tomado en serio su oferta. Yo quería darle una sorpresa al inicio del próximo año, dándole los folios de un cuento inédito para que lo ilustrara. Ahora no paro de mirar, impotente, la tarjetita de visita que un día me dio en la Plaza Mayor. Se soñaba ilustrador. Era bombero (a ratos). Y el Duero se lo tragó. Vaya mierda de cuento.

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