artistasVivimos una era la mar de curiosa, sobre todo en lo que a cultura se refiere. Resulta que ahora, cosa nunca vista antes, todos somos artistas. O podemos serlo. O le seremos con tan solo desearlo. ¿Y el talento? No cotiza algo tan abstracto, indefinible e irremediablemente elitista (por ser cosa de pocos). Se ha democratizado la concepción de la cultura y por tanto se entiende que ésta ha de estar al alcance de cualquiera: ojo, no en su consumo; sino al hacerla, al protagonizarla, al tratar de ser artistas. Así que tú puedes programar una conferencia a cualquier hora y casi seguro que no acudirá nadie (salvo que se trate de un televisivo), trátese del tema que se trate:

-¿Y el público? –se pregunta entonces el conferenciante.

No hay público. Lo que antes era público hoy se dedica a pronunciar, si le dejan, sus propias conferencias.

Si eres pintor, da igual de qué estilo o forma expresiva, de qué calidad en tus propuestas, abrirás una exposición y verás deprimido que apenas acude nadie que no conozcas de antemano o sea de la familia.

-¿Y el público? –se preguntan los expositores, perplejos ante tan aparente indiferencia.

No hay público. Quienes antes visitaban exposiciones de pintura, van ahora a clases de dibujo y aspiran a exponer pronto ellos mismos.

Si eres músico y programas un concierto bello, incluso sin cobrar un céntimo por la entrada, lo más probable es que no llenes el recinto elegido y que apenas veas algún desconocido que se haya acercado a escucharte.

-¿Es que ya no le gusta a nadie la buena música? –Te preguntarás perplejo.

Sí, sí que le gusta la música a la gente. Más que nunca, acaso. Pero están todos en los Conservatorios, en las Escuelas Municipales, en las Academias estudiándola para dar cualquier día ellos mismos su concierto.

Ni se te ocurra presentar un libro, creyendo que aparecerán muchos interesados: solo verás a la familia, a dos o tres amigos y quizá a algún simpatizante si eres un poco conocido.

-¿Y los lectores? ¿Acaso no quedan lectores?

Apenas. Los lectores se han convertido en escritores y están, claro, en su casa escribiendo o metiendo su flamante obra en sobres para optar a un premio o llamando a conocidos que puedan conocer a editores.

La cultura se ha hecho participativa, chico, y se ha democratizado. Todos nos consideramos tan aptos como cualquiera para protagonizarla y ser, en definitiva, “el” artista. La única pequeña pega de tanta democracia cultural, me temo, es que implica de modo inevitable la complementaria muerte del público, del destinatario, del degustador de sus productos. En cuyo caso, ¿de qué sirve la cultura o de qué cultura estamos hablando?

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