En Internet, dicen a menudo, se ha instalado “la cultura de lo gratis”. Me hace gracia la expresión. Qué tendrá que ver cultura con gratuidad. Sería más correcto hablar de que se ha instalado la costumbre de que en Internet todo tiende a ser gratis… salvo Internet en si, pues es sabido que España es uno de los países más caros del mundo a la hora de conectarte a esa “autopista de la información”. Se quejan los cineastas, con razón, de que Internet es una selva sin ley donde puedes encontrar cualquier película, incluso de estreno y verla por la cara. Se quejan los músicos, con razón, de que ya no hace falta comprar sus discos; uno puede encontrar todas las canciones en Internet, descargarlas por la patilla y después pasarlas a un disco, ordenándolas además como nos venga en gana. Los escritores nos quejaremos muy pronto –en cuanto la mayor parte de los lectores tengan su aparato electrónico de lectura o “ereader”- porque todos los libros están ya en Internet esperando  a que los pase a su ordenador quien quiera y sin soltar un céntimo.

-Es la cultura de lo gratis, que se ha instalado en Internet y nadie quiere ya pagar por nada –dicen algunos, pesimistas.

La frase en si es un tontería. Por Internet se vende hoy día de todo, desde televisores a cámaras de fotos, pasando por libro de papel y cuanto puedan imaginar. Pues bien, por todo eso se paga. Faltaría más. Y si no, naturalmente, nadie te lo manda. Con lo único que hay problemas es con lo que se ha “volatilizado”, hecho humo, con lo que ha perdido cualquier tipo de sustancia, con lo que se ha hecho inmaterial; esto es, con lo que se ha transformado en “digital”. Estamos acostumbrados a que se comercie con lo físico, con productos tangibles, con cosas concretas:

-Yo te doy este objeto y tu me das dinero a cambio.

El problema es cuando lo que queremos vender no tiene consistencia física. En la música, la consistencia física la daba el soporte, el disco o cinta, la funda que los envolvía. El cine solo era posible verlo si se contaba con la bobina de celuloide donde estaba grabada la película y con las máquinas que permitían proyectar las imágenes de la bobina; para todo lo cual se necesitaban lugares especiales, a cuya entrada se podía cobrar a los interesados. Los libro solo podían leerse si estaban escritos sobre papel, en un soporte llamado libro, del que se hacían tantas copias como posibles personas se calculara que estarían interesadas en pagar por leerlos. La revolución de Internet ha consistido en que permite eliminar la necesidad de soportes físicos para todas esas artes (y también para los periódicos y revistas). De modo que de la música solo se necesita la música en si, reducida a datos invisibles que podemos reproducir con aparatos que hay por casa y que solo tenemos que comprar una vez. Para ver cine tampoco es necesario ir a una sala exterior o alquilar un DVD: las películas también son ahora datos invisibles, lenguaje digital, que podemos “empaquetar” de mil maneras y verlo de otras tantas. Con los libros, desde que las viejas máquinas de escribir o la caligrafía manual fueron sustituidas por los datos invisibles del lenguaje digital de los ordenadores, pasa otro tanto. Ya no mandamos a las editoriales un montón de folios, por triplicado y con el nombre de “novela”. Ahora mandamos un correo electrónico y, como documento adjunto, la obra que durante meses o años hemos estado tecleando y puliendo: aparentemente es lo mismo de antes, una novela; pero en realidad es algo sin consistencia física, que en apenas unos segundos pasa de mi ordenador al de cualquier editorial… Como podría pasar, y por ahí va el futuro, de mi ordenador al de los lectores, sin necesidad alguna de intermediarios.

Es decir, el paradigma de la transmisión cultural hasta ahora vigente se ha modificado de pronto y de raíz. Todo lo que hemos conocido, todo eso que suelen llamarse industrias culturales, está a punto de cambiar, está cambiando ya. La cultura del siglo XX, la del XIX, no va a tener nada que ver, pero nada y en ningún sentido, con la cultura del XXI y siguientes, a punto de estallar, estallando ya. Así es como ve uno esas cuestiones, desde este rinconcito remoto, amable y periférico del mundo. No sin pena y hasta nostalgia, claro, pues ese que agoniza es, desde luego, mi propio mundo cultural.

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