Desde hace muchos años, cuando voy a colegios a hablar de libros -animación a la lectura, lo llaman- en vez de hablar de libros, les cuento historias, cuentos. Bien contados, claro. En un sentido: los niños, si son pequeños sobre todo, quedan convencidos de que les conté verdades, sucedidos, hechos reales acaecidos en mi curioso pueblo.
Son mis cuentos orales. Los he inventado sobre la marcha, modificándolos, puliéndolos, según iba viendo reacciones. Los dos más populares, los que inflaman la imaginación de los chavales, los que les hacen reír a mandíbula batiente, son “El burro orejudo” y “El sembrador de libros”.
-Oiga, ¿y esos no los tiene en libro? -me preguntan a veces los más osados.
-No, son cuentos orales. Nacieron para ser contados y no escritos o leídos -les he venido respondiendo.
Pero es el caso que los encuentros con autores o jornadas de animación a la lectura van siendo cosa del pasado. Las editoriales carecen de fondos para organizar actos así y los colegios, no digamos.
Así que como eso va decayendo, he pensado que llega el momento de dar gusto a tantos miles de chicas y chicos como en estos años, décadas, me han pedido que escriba al menos ese par de cuentos mil veces contados pero nunca escritos.
Y hoy, esta mañana, he estado esbozando ya el primer capítulo de “El burro orejudo”. Este y “El sembrador de libros” me ocuparán las próximas semanas, en los momentos creativos.

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