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Portada ARCO 2De los diez relatos recogidos en mi libro EL ARCO DE LA INMORTALIDAD, hay uno que me divierte especialmente. No digo que sea el mejor. No lo es. Digo que es el que más me divierte, porque supuso en su día un empeño quijotesco por mi parte. Me pidieron algo para conmemorar no sé qué efemérides de Cervantes o de Don Quijote. Y yo acepté, tratando de homenajear al libro desde todos los ángulos posibles. El tema el Quijote; la forma es la del Quijote (prácticamente el primer capitulo del libro, cambiando solo las palabras justas para contar otra historia) y en el fondo, como en el Quijote original, hay una parodia o burla. En el original, contra las novelas de caballería; aquí, contra esa plaga de eruditos empeñados en demostrar que Don Quijote se desarrolla donde ellos digan y no donde escribió Cervantes.

Como acabo de sacar el libro en papel, y sigue estando en ebook, se me ha ocurrido regalar hoy a quien pase por aquí este relato que titulé: EL VERDADERO DONDE QUIJOTE ES DE MI PUEBLO.

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CAPÍTULO ÚNICO: Que trata de la condición, ejercicio y descubrimientos del único lector que descubrió la verdadera naturaleza del Quijote y de cómo intentó, sin mayor fruto, compartir con el mundo su tan portentoso hallazgo.

En un lugar de la Hispania, de cuyo nombre tendría que acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hombre solterón y jubilado, de los de pluma en gallinero, ademán antiguo, vientre abultado y pueblo en derredor. Una hipoteca de algo más casa que pocilga, letra de coche desvencijado, visita al supermercado los sábados, alguna cana al aire algunos viernes, contribuciones y tasas de añadidura anuales, consumían las tres partes de su hacienda. El resto de ella concluían sayo raído de entre domingo y lunes, calzas de lo que pillaba para fiestas con sus pantuflos de andar por casa, los días de entre semana se honraba con pantalón de pana, camisas de cuello desgastado y por encima, dependiendo de estación. Iba por su casa una mujer de Ayuda a Domicilio que pasaba de los cuarenta, y lo visitaban de vez en cuando, por ver si la herencia se acercaba, una sobrina que no llegaba a los treinta, y un mozo del pueblo que así le arreglaba la pared de alguna cuadra como tomaba la podadera para dejarle expedita la vegetal entrada de su choza con pretensiones. Frisaba la edad de nuestro solterón con los sesenta años, era de complexión fofa, seboso de carnes, de rostro mofletudo; poco trasnochador y menos amigo de la faldas. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Sebosillo o Sobrasada (que en esto hay alguna diferencia en los autores que de este caso escriben), aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se apellidaba Salmerón y quizá Julio-Jimeno era la gracia; pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración de él no se salga un punto de la verdad.

Es, pues, de saber, que este sobredicho jubilado prematuro, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año) se daba a leer el único libro que tenía en casa con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la antes cotidiana partida de baraja, y aun la administración de su magra hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que gastó muchas pensiones adelantadas para comprar más ediciones en que leer “El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha”, de don Miguel de Cervantes Saavedra, pues tal era el título único de sus desvelos; y así llevó a su casa cuantas ediciones pudo hallar de él; y de todas ninguna le parecía tan bien como las que cada poco componía el famoso profesor y académico Francisco Rico: porque la claridad de su prosa, y aquellas intrincadas razones suyas que desperdigaba en el millón de notas adosadas por doquier, le parecían de perlas; y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafío, donde en muchas partes se atrevía incluso a explicar misterios cual el de: al caballero pobre no le queda otro camino que mostrar que es caballero sino el de la virtud, y también cuando intentaba aclarar: cuando subieres a caballo, no vayas echando el cuerpo sobre el arzón postrero, ni lleves las piernas tiesas y tiradas y desviadas de la barriga del caballo, ni tampoco vayas tan flojo, que parezca que vas sobre el rucio; que el andar a caballo a unos hace caballeros; a otros, caballerizos. Con estas y semejantes razones perdía el pobre hombre el juicio, y desvelábase por entenderlas, y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara, ni las entendiera el mismo Aristóteles, si resucitara para sólo ello. No estaba muy bien con las heridas que en el libro don Quijote daba y recibía, porque se imaginaba que por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales; pero con todo alababa en don Miguel, así lo llamaba él al inmortal y admirado autor, ya sin apellidos, pues tal era su familiaridad que por familiar casi lo tenía, aquel acabar su libro con la promesa de una inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma él mismo, y darle fin al pie de la letra como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera adelante en el empeño, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran.

Tuvo muchas veces competencia con el cura de su pueblo (que era hombre docto formado en el Seminario de Ponferrada), sobre cuál había sido el verdadero  caballero de Cervantes: si el que los incultos tenían por nacido, pese a no haber prueba tangible alguna, en Alcalá de Henares, o aquel otro, que él cada vez tenía en más probable estima, que hubiese en verdad corrido aventuras por su pueblo, que también tenía por nombre, ¡oh, divina Providencia!, el de Cervantes, además del apellido de Sanabria, en la remota provincia de Zamora. Cierto es que el tío Nicolás, médico del mismo pueblo y también lector eventual de El Quijote, decía que ni el uno ni el otro, que el caballero de la Triste Figura bien pudiera ser que donde en realidad había vivido sus raras aventuras fuese en un pueblo de Asturias, del que él procedía y que coincidía, calco por calco, aseguraba sin que se le moviera un pelo del bigote, con lo que el autor iba describiendo.

En resolución, el jubilado solterón se enfrascó tanto en la lectura del Quijote, de los mil Quijotes que a la sazón atesoraba, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio, y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder, decían en el propio pueblo suyo, el juicio. Llenósele la fantasía de que todo aquello que leía en el libro, así de encantamientos, como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles, había en verdad ocurrido en su tierra, por toda la comarca, sin salir nunca en realidad de ella y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de soñadas deducciones, que para él no había otra historia más cierta en el mundo.

Sostenía él con tan singular como contumaz empeño, que los doctos académicos y altos profesores que habían dado por cierta a lo largo de los siglos la descabellada teoría de que La Mancha era la región homónina de España, eran sin duda rectos y honorables estudiosos; pero que en su ignorancia inocente o culposa desidia académica no habían sabido hallar al verdadero caballero don Quijote ni habían descifrado con acierto sus andanzas ni se habían sabido escapar de los encantados gigantes de la literalidad que habían tomado por auténticos molinos del viento de lo real. Pues él, en cambio, anotadas con lápiz buena parte de sus ediciones del libro de los libros, estaba en condiciones de demostrar, allá donde falta hiciera o se necesitara, que lo de la Mancha aludía, en realidad, al parentesco evidente y ancestral del Caballero de la Triste Figura con la familia de los “Manchados”, que aún existía en el pueblo y que se llamaban así, ni se sabía desde cuando, acaso, se decía, porque algún remoto antepasado se dedicara a fabricar cisco o carbón para las lumbres o luminarias, y como fuese un oficio en el que es preciso ensuciarse no poco se quedase con el mote de “Manchado” por siempre, tanto él como sus descendientes, entre ellos, de eso estaba bien seguro, el caballero Don Quijote, que Cervantes hizo como que inventó después de verlo por el pueblo. No menos sólidas y argumentadas explicaciones fue hallando para todos y cada uno de los personajes, así como para los topónimos que en el libro lucían nombre propio y eran descritos, y aun medidas en leguas sus distancias.

En efecto, rematada ya a su juicio toda la cabal explicación del libro mil veces mil leído, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de la república de las letras, explicar al mundo entero que el mundo entero había andado errado en todos aquellos siglos por mor de no haber entendido ni una coma apenas de la más inmortal leyenda de la hispana lengua. Y así convino en que algún día iba a ser preciso dejar el pueblo y salir al exterior, con sus ediciones de El Quijote garabateadas y reescritas, con sus miles de folios explicativos mecanografiados, deshaciendo todo género de confusiones y demostrando a cuantos quisieran escucharle, e incluso a quienes no, que en verdad don Miguel de Cervantes no era quien creían sino un antiguo paisano suyo, quien sabe si pariente e incluso tatarabuelo, que nunca en realidad salió de la comarca, al menos en lo tocante al ámbito de invención de su mayor obra literaria. Imaginábase, en fin, cobrando eterno nombre y fama por haber descubierto lo que nadie descubrió en los siglos anteriores y coronado por la gloria inmarcesible de sus hallazgos literarios como el emperador indiscutible de la altísima casta de los cervantinos.

Y así con estos tan agradables pensamientos, llevado del extraño gusto que en ellos sentía, se dio prisa a poner en efecto lo que deseaba. Y lo primero que hizo, fue publicar un opúsculo por cuenta propia, titulado “El verdadero Don Quijote es de mi pueblo y no lo digo yo, que puedo demostrarlo”. Editolo y distribuyolo lo mejor que pudo; pero vio que tenía una gran falta, y era que no consiguió que se vendiera más allá de la veintena de ejemplares, comprados todos, según tuvo constancia fehaciente, por directos familiares, algún que otro amigo y, eso con seguridad, al menos tres desconocidos en quienes puso toda su esperanza, por si alguno de ellos fuese, acaso, don Francisco Rico u otro gran experto en la obra cervantina que ante sus hallazgos se inclinase y fuese a verle enrojecido y reconociendo: vos sois el más grande en verdad y habéis descubierto, oh, genio de la lectura, el verdadero sentido de una obra que a todos en estos siglos se nos escapara. Mas nada de ello ocurrió y comprendió entonces nuestro hombre que acaso necesitara ir más allá en su intento y desvaríos. Así que ofreció conferencias y envió artículos, en apoyo de su idea, a todos los confines donde pudo y le dejaron. Y como viese que tampoco aquello acababa de aceptarse ni se le incluía, contra toda justicia y equidad, en los congresos o citas académicas sobre el verdadero sentido del Quijote, concluyó que en verdad el mal de la ignorancia asolaba el mundo y que no debían de faltar espíritus maléficos que vigilaban día y noche para que la humanidad no se iluminase con ideas tan preclaras como en sus atentas y aún obsesivas lecturas alumbrara.

Limpias, pues, en la mente sus teorías, argumentado hasta el detalle el más ínfimo resquicio del gran libro, puesto nombre a su ambición, y confirmándose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa, sino buscar una alta y prestigiosa Universidad a la que encaramarse, porque un sesudo experto en Cervantes que no halla el adecuado eco, era árbol sin hojas y sin fruto, y cuerpo sin alma. Decíase él: si yo por malos de mis pecados, o por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún laureado catedrático, como de ordinario les acontece a los investigadores no reconocidos, y le derribo sus ideas, o le parto por mitad todos sus opúsculos, o finalmente, le venzo y le convenzo, ¿no será bien tener a quién enviarle presentado, y que entre y se hinque de rodillas ante mi pasmado Rector Magnífico, y diga con voz humilde y rendida: yo señor, soy el catedrático Carculiambro, decano de Filología y Literaturas Comparadas de la Universidad de Malindrania, a quien venció en singular batalla literario-interpretativa el jamás como se debe alabado profesor cervantino Don Julio-Jimeno Salmerón, natural de Cervantes de Sanabria, el cual mandó que me presentase ante la vuestra merced, para cantar la gesta suya y para que vuestra grandeza disponga de mí a su talante. ¡Oh, cómo se holgó nuestro buen soltero y jubilado, cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a qué Universidad premiar con su elección! Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había un campus universitario muy modesto, con apenas titulaciones y ninguna de ellas literaria, del que él un tiempo anduvo interesado, aunque según se entiende, solo como posible alumno que en modo alguno podía llegar a ser, por no disponer ni del imprescindible Graduado. Llamábase “Cam­pus Viriato”, y a este le pareció ser buena cosa honrarle con sus descubrimientos; aunque no, claro está, de inmediato y sin más ni más, sino cuando hubiese publicado varios libros y hubiese con ellos logrado abrir al fin la pétrea cabeza de tantos y tantos catedráticos empeñados por los siglos de los siglos en seguir sosteniendo que La Mancha era La Mancha; Barcelona, Barcelona; que Sancho se apellidaba Panza o que Dulcinea era del Toboso y no, más bien, del Mocoso, monte de su pueblo, como estaba en condiciones, también, sí, de demostrar. Decidido todo lo cual, entregose por el resto de sus días a la heroica tarea de poner todo ello, con señales y pelos, por escrito y hasta en el último detalle. Y por lo que cuentan cronistas diferentes, pues evidencias puras no se puede decir que hayan quedado, en ese empeño consumió el febril lector del gran Quijote el resto de sus días, no porque viviera poco o le pasara algo, sino porque pese a vivir hasta bien cumplidos los ochenta, parece que no halló tiempo suficiente para darle fin cabal y escrito a sus ideas todas y cerrar de tal manera el broche a su obra magna u Opus Máxima o interminable sucesión de libros sobre El Libro propiamente dicho.

Vale.

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Relato integrante de EL ARCO DE LA INMORTALIDAD. Disponible, tanto en ebook como en papel, en Amazón y en brauliollamero.com

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