LO QUE NUNCA SE CONTÓ DE ARTEMIO Inicio

1/ PEPI CAMPA Y LA AUSENCIA DE VIRIL APOYO

 

            Nadie lo ha contado nunca, pese a lo significativo, pero es lo cierto que Pepi Campa Hidalgo, la madre de Artemio Campa Hidalgo, dio origen a principios de 1940 a un confuso incidente o conato de agresión a un conocido preboste local, que debió revestir cierta impor­tancia, puesto que llegó a obtener reflejo, si bien de modo opaco, en la restringida prensa de la época, o, por mejor decir, en el único diario que a la sazón se publicaba en la ciudad. No es menester, supongo, explicar que por aquel entonces

de inicio de posguerra y férreo tentetieso

los jefes, jefecillos, dirigentes o mandamases de cualquier asentamiento eran intoca­bles, y con mayor motivo si ostenta­ban un cierto relieve o puesto de relumbrón en el seno del llamado movimiento nacional; de donde se colige que quienes­ mezclaban mal con alguno de ellos

y lo mismo daba a todos los efectos que fuera por motivos personales o de aquella otra índole de la que apenas se osaba hablar

ninguna otra vía que no fuera esquivarlos hallaban a su alcance. Pepi Campa, sin embargo, tenía sus princi­pios y uno de ellos, acaso el único o el de raíces más profundas, venía a consis­tir en que no solo todos los hombres son iguales, sino que además, en lo que a sus más bajos instin­tos se refiere, tan idénticos resultan el sujeto de ínfima extrac­ción social como el más aristocrático o encum­brado. De modo que ante todos, sin distin­ción de clase, cargo o posición, se mostraba en guardia permanente y atenta a cortar de cuajo cualquier atisbo de licencia que, siquiera a lo lejos, sugiriese un ataque a la intimidad de lo que ella considera­ba su más íntima morada, acaso por haberlo así leído en alguna novelita de las que de vez en cuando recibía en préstamo. También por aquel entonces, y pese a que su juventud apenas enfilaba la frontera de los veintidós, había consegui­do Pepi convertirse en modista muy solicitada en la ciudad, razón por la que sus compañe­ras de dedal acababan de nombrarla vicepresi­denta provincial del gremio, no teniendo más remedio, pese a sus escasos hábitos socia­les, que participar en alguna que otra actividad pública, donde era natural codearse con prebostes, prebosti­llos y toda esa cohorte, entre untuosa, palmípeda y febril, que suele rodear a los que acceden al poder, sea éste mucho o más bien aparente. Y es el caso que en abril de aquel año en que cumplió los veintidós, hallán­dose la madre de Artemio presi­diendo una mesa petitoria “a favor de la tuberculo­sis”, como decían casi todos los viandan­tes y la mayor parte de los organizado­res, se le acercó, todo sonrisas y el bigote enhiesto, don Saulo Garci-Prendes y Tejida, que era conde de algo, marqués de qué más da, y desde luego, eso ya seguro y lo que importa a estos efectos, teniente de alcalde de la villa, designado para el puesto un par de años antes por el excelentísimo señor goberna­dor civil de la provincia. El tal don Saulo, aunque frisaba los setenta, lucía ese tipo esbelto y atildado del que desde antes de nacer se da por bien comido y mantenía en la ciudad una cierta, y al parecer cultiva­da por él mismo, fama de conquistador; no siendo por ello nada extraño que al acercar­se a la mesa petitoria no eligiese encaminarse hacia las vetustas compañe­ras de Pepi Campa, sino hacia ésta misma, que a tan agradecida edad mantenía esa clase de figura espigada y de piel tersa que, junto a unas formas en absoluto llamativas pero en las justas proporciones de masa y modela­do, atraen, como agujas imantadas

que para ser precisos estuviesen colocadas en la mismísima entrepier­na

a esos hombres que fingen ignorar el merodeo final que les acecha y que halla implacables formas de manifesta­ción en la, por abreviar, multiplicación de pliegues y repliegues en la piel, el esporádico desfile de inoportunas flatulencias o la menguante esbeltez del innombrable miembro que acabamos de tomar, cosas de las artes literarias, por agujas imantadas. Lo cierto es que tampoco se supo nunca qué pasó con precisión, puesto que el diario que se hizo eco del inciden­te, por supuesto de forma mínima y a media luz, se limitaba a reseñar que el ilustrísimo hijo de la villa, noble de la tierra y alto edil emeritísimo había sufrido el día anterior un molesto contratiempo al agredirle

ni que decir tenía que sin razón posible alguna, salvo momentáneo arrebato de locura, motivado quizá por esos desarreglos de la villa que algunos ciudadanos se toman siempre como algo personal, pretendiendo que los abnegados munícipes los arreglen antes incluso de haber tomado pose­sión

en fin

reanudaba el diario su relato trufado de hojarasca exculpato­ria, como si su anónimo redactor se sintiese no menos culpable de los hechos que la supuesta agresora

que el caso era que el dignísimo y nunca bien ponderado don Saulo Garci-Prendes y Tejida había sufrido un intento de agresión, en forma de cachete desver­gonzado, por una conocida señorita de la villa que había sido de inmediato reducida por los guardias que acompañaban, por fortuna y designio de la autoridad, al ilustre ciudadano, siendo presentada la interfecta en comisaría para que se le instru­yeran las oportunas diligen­cias, en virtud del compro­bado delito de agresión y desacato a la autoridad, amén de todo cuanto la tan benemérita justicia tuviese a bien un día dar como probado en la redacción de su sentencia. Y se permitía el diario apostillar aún la noticia con una frase en la que de forma no menos oscura apuntaba que la presunta agresora de la alta autoridad era, por lo demás, una “hasta el momento” distin­guida señorita, de sobra conocida en prestigiosos círculos de la ciudad, por lo que el periódico, no queriendo causar injustos daños, velaba con pudor su nombre y datos, seguro como estaba de que los lectores habrían de entender tal “discreta discre­ción” (sic)[1]. Como sucede en cualquier otra ciudad de modestas dimensiones, los lectores no necesi­taban que el diario añadiese nada más, puesto que, antes de que los primeros ejemplares de la aludida edición salieran a la calle, se hallaban informados, hablando en general, del velado nombre propio y también de que el cachete al prohombre había sido, en términos de mayor exactitud, una bofetada de magnitudes respetables o, por decirlo en el habla más rica y más recia de tantos campesinos que cada día llegaban a hacer compras al centro burocrático de la provin­cia, una hostia en plena cara de tente y señor mío. El desencadenante, en cambio, es lo que quedó sumido en una impenetrable opacidad, ya que Pepi Campa se encerró tras el percance en un mutismo que ni durante el poco tiempo que permaneció en comisaría habría de romper, y tampoco el conde de algo, marqués de qué más da y desde luego poderoso sustituto del alcalde, tuvo a bien facilitar detalles ni al mejor de sus amigos, cabe suponer que porque no tenía nada de qué pavonearse. En cuanto a las dos señoras que en aquel momento compartían mesa petitoria con la futura madre del futuro Artemio, habrían de verse condenadas a explicar una y mil veces que nada habían visto ni habían oído nada, concen­tradas ellas, e insistían mucho en el matiz, en la desprendi­da y benefactora tarea anual de recaudar fondos para los pobres tuberculositos, como gustaban de decir con tan poco tacto como desproporcionada muestra de cariño. Lo cual, por lo demás, tenía verosimilitud, eso de que no se hubieran enterado de la misa ni la media, habida cuenta de que ambas, castigadas por los años, andaban más bien tenien­tes de una oreja y de la otra, y que tampoco con la vista presumían ya de linces, acaso porque, como contaba una de ellas, habían visto más de lo que unos ojos pueden soportar, refiriéndose, se suponía, a los horrores de la guerra, aún reciente en las memorias y en la desmembración visible por las calles de no pocos tullidos. El caso es que, como siempre que se oculta una noticia y dado que la natura­leza abomina de la existencia del vacío, no tardaron en llenar el hueco los rumores, a cual más descabe­llado, para explicar el incidente, abundando en particular los que iban sin rodeo al grano y, valiéndose de portavoces masculinos con ojos demasiado abiertos como para no sugerir que algo en ellos babeaba, sostenían que el teniente de alcalde le había entregado a Pepi un donativo que se empeñó en depositar en su brevísimo escote, introduciendo desde luego no menos de media mano en el ardiente canalón, y no sin propinar al tiempo y con la otra superior extremidad un cachete en pleno mapamundi del trasero, y no sin sugerirle de forma simultánea, ya sólo con la boca, claro, pues manos libres, lástima, no le quedaban, una cita a solas en el lugar que ella, a mayor gozo de ambos, conviniera. En otros rumores, más minoritarios y también selectos, no habrían de faltar descubrimientos repenti­nos de ramas escondidas en el árbol genealógico de Pepi en forma de supuestos parentescos comunistas o masones, cuando no de ambos a la vez, y a este otro subgrupo de rumores venían a salirle tantos portavoces varoniles como femeninos, los cuales solían concluir sus deducciones con el lógico estrambote de que, desde luego, el inciden­te no otra cosa parecía ni podía parecer que un atentado en toda regla, y que aquella mujer, aunque hasta entonces hubiera tenido el secreto bien guardado, escondía bajo sonrisillas de cordero unos colmi­llos, y afilados, de loba comunista. Entre ambos extremos quedaban múlti­ples escalas del rumor: Que si Pepi y el egregio edil eran amantes desde hacía tiempo y que lo que el día de marras sucediera no había sido más que una agria disputa porque el prócer daba a Pepi Campa femeni­nos esquina­zos cada vez que se terciaba; o que si la modis­tilla había reaccionado con el más puro despecho porque, pese a conside­rarse atractiva, ser soltera y andar como quien dice en ascuas, el conocido don Juan de vía estrecha se había acercado a ella con el único y despreciable móvil de dar un donativo pro-tuberculosos, sin hacerle el honor del más mínimo requiebro o proposición; o que si todo había sido un malentendido desgraciado, ya que Pepi Campa había confun­dido al prócer eminentísimo con un ladrón de tres al cuarto y creyendo que se acercaba para coger en vez de dar, se había apresurado a dar ella primero; y cuantas variantes, en fin, el lector sea capaz de imaginar, en la certeza, desde aquí garantizada, de que nunca agotaría la capacidad fabuladora de que hicieron gala los paisanos de Artemio, a propósito del día en que su madre alcanzó catego­ría de noticia y acabó siendo inmolada como carne de rumor. Muchos años después, enterado de este embrollo provinciano por azar y por la mala uva que habría de caracte­rizar a tantos de sus adversarios, trataría Artemio Campa de que su propia madre le contara qué había ocurrido en realidad, sin conseguir fruto mejor que tajantes negaciones o contundentes evasivas, tipo: nada que interese a nadie; o: nada que sea digno de contar. No obstan­te, la anécdota, fuese lo que fuese lo que realmente la provocó, habría con el tiempo de revelar­se como una signifi­cativa pieza en el baldío intento de reconstrucción autobio­gráfica que durante un tiempo intentó Artemio, pues el hecho de que nunca tuviese padre conocido, unido al comprensible afán por ocultarlo a la plena luz del día, haría que el hijo único y tardío de Pepi Campa llegara un momento, en lo más agudo de sus afanes de grandeza, en que dijera a tirios y troyanos, a troche y moche, en lenguaje más cercano a sus orígenes, que su padre existía y era conocido y que venía de rancios y nobles abolengos, llamándose don Saulo Garci-Preste y Tejida, y que si hasta entonces había optado por lucir tan solo los dos apellidos de su madre no había sido sino por demostrarle un día al mundo que hasta el hombre de origen más humilde puede ascender a lo más alto, sin precisar de las muletas de largos apellidos, de la ortopedia de tales o cuales títulos, o de los andamiajes de estas o aquellas influencias fami­liares; lo que causaba asombro y despertaba admiración entre los pocos incautos capaces de dar crédito a sus palabras. Más todo esto es adelantar camino antes de haberlo ni siquiera dibujado, por lo que urge volver al manantial  minúsculo  en el que hemos de empezar a familiarizarnos con este futuro, ancho y turbulento río. Y ello, ese retorno al contar y al hilo, es que el incidente, de formas nunca del todo desveladas, trajo, como era de esperar, no pocas consecuencias a la vida de la madre de Artemio que perdió su efímera vicepresidencia de la hermandad provincial de modistas y de costureras, así como, y eso sería lo peor, la inmensa mayoría de su antes nutrida lista de clientes. Hasta tal punto bajó la intensidad de sus labores, que llegó a la conclusión de que habría de ser mucho más sabio mudarse a otro local lejos del centro, en alguno de los barrios de la periferia. No eran tiempos en verdad propicios para cambiar de casa como quien cambia de camisa, en una época en la que ni siquiera era sencillo cambiarse de camisa, dada la escasez de confección y la carestía de las telas. Menos lo hubiera sido aún si Pepi Campa, soltera y aún muy joven como para ser llamada soltero­na, hubiera vivido, como sería de esperar, en casa compartida con los padres. Más no era así a causa de una temprana orfandad que le alcanzó cuando acababa de cumplir los nueve años por culpa de uno de los primeros automóviles que circularon por la capital de la provincia y que atropelló a su padre cuando el tal vehículo daba vueltas, para saludos mil y regocijo de su propietario, en torno a la Plaza Mayor; y que después de haber atropellado a su padre, acabó haciendo lo mismo con su madre al haberse abalanzado ésta sobre el cuerpo inerte del marido mientras el flamante conductor, agarrotadas las manos como garfios en torno al volante y rígido el cuerpo como si le hubiera dado un calambre, gritaba que no sabía donde estaba el freno ni como se paraba aquel diabólico cacharro y que nadie se pusiera delante de sus ruedas pues él ningún otro remedio hallaba a su torpeza de conduc­tor novato que seguir dando vueltas y más vueltas a la plaza hasta que el artefacto móvil, falto al fin de combus­tible, tuviera a bien parar y dejarlo descender. Lo que por cierto ocurrió, pero cuando llevaba más de quinientas vueltas y había dejado en las repetidas huellas de sus círculos dos cuerpos aplastados y sanguinolentos, ante el asombro, el estupor e incluso, para qué negarlo, la terrorí­fica admiración de muchos viandantes que, salvo por lo de los cuerpos que volvían a ser atropellados una y dos y hasta quinientas veces, pues ni el rumbo era capaz de desviar aquel pionero de la conduc­ción mecánica, encontraban inmejorable y novedoso el espec­táculo de un carro movido sin la ayuda de unos bueyes, ni unas mulas, ni unos burros o caballos. Desde aquel instante, que para la pequeña historia provincial quedó como el del doble y primer gran accidente de tráfico en la ciudad, Pepi Campa tuvo que aprender a vivir sola; o, por más exacto hablar, en el círculo de su ensimismamiento, pues cierta era, y también hay que contarlo, que la súbita orfandad trajo consigo que se trasladara a vivir a la casona del propio conductor del cajón con ruedas que había matado a sus padres y que, carcomido por los remordimientos, según unos; persua­dido por un abogado que le hizo ver la rentabilidad que un gesto así le iba a reportar ante el tribunal que habría de juzgar el caso y ante la propia ciudadanía que lo estaba juzgando ya, según otros, insistió en hacerse cargo de la huérfana e hija única de los finados, al tiempo que prometió velar para que tuviera incluso una educación que nunca le hubieran podido dar sus padres, siendo lo que eran: él, un modesto agricultor sin tierra propia, y no teniendo ella otra cosa que poner en el apartado profesión de la cédula de identidad que el siempre incierto “sus labores”. Pasó así Pepi Campa, por esa voltereta majadera del destino, a disfrutar de una vida más holgada y tuvo sobre todo la oportunidad de entrar, con la recomendación de quien desde entonces pasó a conside­rarse su padrino, en la Academia de Corte y Confección que acababa de crearse en la ciudad, con el apoyo y patroci­nio de su excelencia, sin especificarse cuál, y el aval de la sección femenina de fet y de las jons; si bien debían ser, tanto el patrocinio como el aval, un apoyo más de espíritu que de otro tipo, pues las cuotas a pagar estaban solo al alcance de fortunas prósperas. Entre ellas, cómo no, la del asesino de sus padres, y a la sazón amantísi­mo padrino de la huérfana de los Campa, como durante un tiempo se le conoció. Qué duda cabe, viéndolo ahora con la necesaria perspectiva, que Pepi Campa supo aprovechar aquella brecha fortuita del destino y, dotada como estaba de una rápida intuición y una más que regular capaci­dad de aprendi­zaje, estuvo pronto en condicio­nes, a los doce años, de empezar a trabajar, primero como ayudante de una modista prestigiosa pero muy anciana, quien quizá porque tenía un hermano boticario solía llamarla “mancebi­lla”; y posterior­mente ella sola, cuando la vieja modista se murió, con el dedal puesto, la doble lente al borde de la nariz y el hilo a punto, momento en el que Pepi subarrendó el local

siempre con la inestimable ayuda financiera de su automovilístico padrino, Don Secundino García Camarasa, joyero de alta escuela según placa colocada en la entrada de su domicilio

y empezó, como se dice en insólita y desmesurada equiparación del hombre al pájaro, a volar sola y a ir haciéndose un nombre como buena costurera entre las de su sexo, y como mejor partido entre el gentío varonil, por mor esto último de su falso parentesco con la influyente persona­lidad local. Por cierto que sería una rasgo éste, el de si era buen o mal partido, que se tardaría en comprobar, pues pronto se vio que Pepi Campa, con la misma facilidad con que enhebraba una aguja o zurcía por vigésimoquinta vez un pantalón sin que el zurcido se notara, despedía con cajas destempladas a los pocos mozos que, audaces, se atrevían a insinuarle el rito de la ronda y la ceremonia del cortejo. Si bien, como se mantenía en la edad de merecer y su situación de orfandad le proporcionaba un crédito suplementario de afecto y comprensión, no se daba en la ciudad mayor relieve a esos desdenes, al suponerse que en cualquier momento algún valiente saltaría el listón que marcaba la modista y acabaría arrastrándola hasta el altar, tal y como solía suceder con cualquier otra joven de su tipo y generación. Solo que los años habían seguido discurriendo y Pepi Campa, cuando las jóvenes de su edad se habían casado casi todas y no pocas habían engendrado hijos en edad de ir a la escuela, continuaba sin tener marido, prometido, novio o galán que la rondase y tampoco se advertía en ella intención visible de romper un estado en el que parecía desenvolverse con abierta despreocupación, entregada de lleno al creciente trabajo derivado de su céntrico estableci­miento. Hasta lo del incidente. Ahí todo habría de cambiar, cuando, con más intuición que inteligencia, caracte­rística, por cierto, que habría de heredar y agrandada el hijo, comprobó Pepi Campa que todo lo anterior era agua pasada. Unas pocas semanas le bastaron para comprobar que de pronto nadie entraba a hacer encargos y que quienes antes había sido clientas cotidianas, casi amigas, no respondían por la calle a sus saludos e incluso, sin mucho disimulo, se cambiaban de acera al verla aproximarse. Tampoco tardó en recibir el recado poco amable del gremio de modistas para que renunciase a su cargo representativo, “por el bien de todas y dadas las circunstancias”. Cabe suponer que Pepi Campa, fuerte de carácter, se lo tomó con calma, limitándose a constatar, como decíamos, esa necesidad de abrirse a una nueva etapa y llegando a la conclusión de que si en el centro le ocurría eso, no sucedería lo mismo en las afueras, donde a la hora de encargar una costura, un zurcido, un bordado o una confección, seguro que se fijarían menos en si la modista había faltado alguna vez a tal o cual eminente mandatario­. Su padrino, que acusaba un desgaste progresivo, más por una vida de licencias sin reposo que por el propio avance de la edad

y que por cierto tuvo siempre varios automóviles nuevos que, eso sí, se hacía conducir por un chófer de uniforme desde que dejará huérfana a Pepi de un golpe, o de dos o de quinientos, según quiera uno contar,

debió pensar, al enterarse del suceso y de las intenciones posteriores de su protegida, que su deuda estaba bien saldada, y no sólo no se opuso al destie­rro, sino que le pareció una idea excelente, ayudándole a despren­derse del sub­arriendo de la tienda para que sacara un dinerillo con el que trasladarse sin agobios a alguna zona periférica de aquella misma ciudad que, por mal encuentro con prohombre, la vomitaba a ojos vista de sus arterias principa­les. Resulta por lo demás probable a este respecto del buen ánimo con que el joyero acogió tan drástica decisión, y la sospecha no escaparía a la perspicaz y despierta costurera, que coincidiera, esa decisión, con el íntimo deseo del padrino de alejarla al fin de si, tras un escándalo que nada bueno le podía reportar entre sus altas amistades ni entre la más que selecta clientela de su joyería, habida cuenta de que los altos beneficios de ésta, más que por la elaboración o comercio en sí de joyas o relojes, procedían de la venta a instituciones y organismos oficiales de trofeos, regalos a ilustres visitantes y cuestiones de voltajes similares; además

pero esto se decía en voz muy baja y pruebas concluyentes no se conocieron

de los otros muy pingües beneficios que pudiera estarle generan­do el contrabando de oro y plata, más algún otro metal, a través de la cercana raya fronteriza con el vecino país luso. Incluso para estas últimas actividades, si de verdad y como afirmaba el maledicente pero no desinformado vulgo llegaron a tener lugar, se hacía en tales tiempos menester disponer, al menos, de una serie de contactos o, por decirlo de otro modo, de la discreta complicidad de tal o cual amigo influ­yente y con cierto mando en plaza. Tampoco cabe descartar que Don Secundino estuviese algo fatigado de una Pepi Campa que pensaba y obraba por su cuenta desde el mismo día en que la colocó bajo su protec­ción, sin que se le viera moles­tarse en tener en cuenta, o cuando menos en fingir hacerlo, ni una sola de sus sugeren­cias, como aquella que con tanta contuma­cia le había repeti­do:

-Cásate, hija mía, que las mujeres no han sido creadas para andar por el mundo en desamparo y sin el viril apoyo de un marido.

El, que era cejijunto, no solo por fuera, lo decía así, viril apoyo. Y no una, sino todas y cada una de las veces que se ponía a recordarle lo de que los años, hija, no pasan en balde. Lo de que quien hoy no elige, Pepi, mañana se conforma con los restos. Lo de que si no espabilas, niña, te vas a quedar, vaya futuro, para vestir santos. El esencial y enigmático concepto iba incluido, de modo implícito o explíci­to, en to­das y cada una de las ocasiones en que le insistía en la imperio­sa necesidad de ir seleccio­nado un hombre para eso, precisamente para eso, para que le prestase el viril apoyo que precisa cual­quier hembra por no haber sido creada para andar por el mundo en femenino desampa­ro. Y es lo cierto que, por culpa de esta idea, durante bastante tiempo, después incluso de trasla­darse a vivir lejos del centro, Pepi Campa no pudo evitar ver en cada hombre, como pintadas en la frente, aquellas dos palabras y ello le causaba una íntima hilaridad que, sin embargo, de gesto adusto como era, acertaba a esconder. Quién sabe si no sería por esa visión de los varones, en la que se mezclaba su innata desconfianza y la involuntaria ridiculiza­ción que el padrino, joyero y pésimo conductor acabara otorgando a la figura, por lo que Pepi Campa nunca se casó, ni buscó el viril remedio contra el desamparo, ni dio en fin al pobre Artemio el padre por el que en silencio, en lo más íntimo, sin confiár­selo ni al fidelísimo Agustín Marza, siempre suspiró. El caso es que por estos tumbos de la vida, y aunque después no le gustara nada hablar de ello, habría de ser en los llamados barrios bajos de Zamora, cerca de la plaza que entonces y hoy se llama de Santa Lucía, donde cuatro años después de la mudanza o destierro de su madre, vería la primera luz del mundo el más tarde afamado finan­ciero Artemio Campa Hidalgo. Cuatro años aque­llos, los primeros de su madre en un barrio extramu­ros adosado a la más vieja muralla que tuvo la ciudad, que no fueron, como cabe suponer, un sendero de rosas y guirnaldas o un sencillo tobogán de túmbate y resbala que ya llegas a la ansiada meta. Muy por el contrario, su tránsito o mudanza habría de significar, como suele acaecer a ese ser tan torpe y tan atolon­drado que es el bípedo humano, un trabajoso empezar de cero, un reiniciar la cuenta del rosario interrum­pido y un, por zanjar y resumir, olvida lo que fuiste y a ver de qué serás ahora capaz. Tuvo que instalarse en una casa de dos pisos que incluía un pequeño corral en la parte poste­rior, y antes de habitar­la

en régimen de arrenda­miento “de favor”, pues era propiedad de un heredero y rentista que alguna gracia habría de deber a su padrino por ser éste quien hiciera la gestión y le consi­guiera a tan buen precio el inmueble

hubo de abordar obras para consolidar algunos muros, eliminar las goteras que encharcaban en días de tormenta el sobrado o planta superior y tuvo que transformar en patio de geranios y solana el corral que no necesitaba al no simpati­zar con ninguna especie de animales y al carecer de la más mínima noción sobre cuidado de gallinas, conejos, cerdos o incluso cabras, animales todos ellos con los que tantos otros en la nueva vecindad sacaban un tangible fruto a corrales de pareja dimensión. Una vez acometidos todos estos arreglos más urgentes, redistribu­yó a su oficio y conveniencia las estancias interio­res, dedicando a sus tareas laborales la planta baja, en la que había también una cocina muy iluminada y un mínimo salón donde apenas cabía otra cosa que la imprescindible camilla con brasero y faldas, más las cuatro sillas de madera y juncos trenzados que Pepi se había cuidado de no olvidar  en  el traslado, por tratarse de los primeros muebles o utensi­lios que tuvo como exclusiva propiedad y de los que no habría de desprenderse ni  en sus más prósperos días. En la planta superior acondicionó un par de dormitorios y dejó como trasteros o desván el resto de las piezas. Dispuesto todo lo cual, que entre unas cosas y otras le llevó cerca de un año, pudo constatar que, aunque ofreciera sus servicios profesio­nales desde el mismo día en que llegara, mediante una placa de hojalata clavada en el dintel de la puerta con la leyenda “Costuras y Bordados”, la clientela se hacía de rogar y apenas recibía algún que otro encargo, dos o tres trabajos como mucho a la semana; por lo que toda ese primer año, hablando de forma aproximada, debió seguir viviendo, según coincidencia general del vecindario, del dinero que le había procura­do el traspaso de la tienda anterior, cuidándose de adminis­trar­lo con prudencia y sin permitirse un solo gasto que no juzgara indis­pensa­ble. Sin embargo, lo que parecería un maleficio o exten­sión al barrio de la maledi­cencia que había provocado su trasunto de destierro, comenzó a diluirse en torno al segundo año, cuando los vecinos, incluso de otros barrios de las cercanías, compro­baron que en modo alguno los precios que estipulaba rayaban a la misma altura que el fino acabado con que acertaba a resolver cualquier pedido. Y así, en torno a ese segundo año, vería Pepi Campa con alivio que le era menos necesario recurrir a sus menguantes reservas monetarias y que, al doblar después la tercera anualidad, habría logrado, no sin esfuerzo, alcanzar esa modesto pero no tan fácil objetivo de vivir de su trabajo, tan sin lujos como carente de estrecheces. De todas formas, sépase que el lujo nunca atrajo a Pepi Campa, opuesta por cuna y por carácter a cualquier tipo de dispendio o despilfarro, como décadas después habría ocasión de comprobar en su desprecio implícito hacia las fortunas que habría de amasar su único vástago y de las que ella, por más que él insistiera, jamás aceptó ni el más leve pellizco. Y no es menos verdad que lo que pareció colmarle cualquier clase de expectativa habría de ser siempre, y en esto coinciden cuantos la trataron y a cuyos testimonios ha sido posible acceder, su profe­sional tarea de coser, bordar, zurcir, remendar, hacer alguna que otra confección

que era lo que en verdad más le gustaba, pero para lo cual surgían muy pocos encargos

y, en fin, cualquier clase de labores, entre las cuales no eran las menos comunes dar la vuelta a un abrigo demasiado amortizado o estirar el dobladi­llo de los pantalo­nes una y otra vez a los críos que iban dejando de ser críos y a los que empezaba a asomarles el embozo que a no tardar sería un señor bigote. Diría Artemio Campa años después, en una de sus innumerables entrevistas, que si su madre hubiera nacido en otra época, y quizá en otro lugar, hubiese sido sin ningún género de dudas lo que ahora se denomina una gran figura del diseño y de la moda; es decir, y por traducirlo a lenguaje más real, una de las primeras modistas del país. Quizá no errase el hijo en el fondo que justificaba su ucronía; pero seguro que olvidaba que los grandes modistos del país y el mundo, los artistas del diseño textil de uno y otro sexo no utilizan peor la palabra que la aguja, ni emplean más tiempo en sus talleres que en salir a venderlas por plazas televisi­vas y mercados de comunicación de masas. Aspecto éste, si se nos permite la sinceridad, que jamás hubiera dominado Pepi Campa, ni viviendo en la época en que habría de triunfar su hijo, a juzgar por la vida pública que se le vio desarrollar en sus más activos años. Porque es lo cierto que no teniendo ya, en su nuevo barrio y situación, el acicate de ser ahijada de un prohombre o el aún más acusado de represen­tar a otras gentes, como cuando fuera vicepresi­denta de su gremio y tuviera lugar el incidente que había dado un brusco giro, el segundo, a la trayectoria de su vida, Pepi Campa apenas mantuvo relaciones sociales con el barrio, salvo que con notable falta de rigor se quiera dar otro sentido a sus relacio­nes de estricta vecindad o a los circunstancia­les saludos a tenderos, buhoneros, afiladores, hojalateros, paseantes, pescadores y cuantos, por mera razón de convi­vencia, se cruzaban en su camino más de un día al año. Que se supiera y fuera público, con nadie intimó; y nada volvió a saber, hablando en general, de sus anterio­res y más selectos conocidos del centro urbano, aunque alguna vez en lugar tan poco populoso tendría por fuerza que haberse topado en plena calle con alguno. Menos aún se le conocie­ron en esa nueva etapa amistades masculinas que, por edad o condición, pudieran aspirar al calificativo de pretendientes, novios o incluso amantes. Lo cual, dicho sea en tan oportuna circunstancia, explica con bastante nitidez porqué su nuevo barrio estaba destinado a estallar en comidillas y bisbiseos de sorpresa cuando un día, cuatro años después de su llegada, trascendió, porque era ya visible el bombo bajo los vestidos, aunque fueran anchos y de pliegues, que estaba embarazada, y sin haber quebrado ni su soltería ni su soledad, cuando menos a la clara luz del día, con lo que el escándalo prometía en verdad ser de envergadura, dados los escasos precedentes, que, para más inri, solían haber correspon­dido a mujeres de la llamada mala vida, bien en el sentido en que se utiliza esta expre­sión como vergonzante circunlo­quio que evita el más exacto y genuino término de puta, o bien, y en sentido acaso más literal aunque no tan utilizado, en referencia a las también llamadas, aunque con algo más de compa­sión por no haber intere­ses económicos de por medio, mozas descarria­das. En el caso de la madre de Artemio el hecho resultaba, en cualquiera de los supuestos, insólito hasta decir basta, al afectar o referirse a alguien de apacible vida, de carácter si se quiere algo huraño pero tampoco más allá, y a alguien de quien en modo alguno cabía esperar semejante acontecimien­to no conociéndo­sele como no se le conocían malos hábitos, costum­bres licenciosas o actitudes llamativas; y entiéndase todo esto, como es de lógica colegir, en estricta referencia a cuestio­nes, digamos, de entrepierna e íntimas carnalidades. Hasta tal punto debió llegar el estupor entre el gentío por el súbito estado en que un día se vio sin posible error de interpretación a Pepi Campa, que no faltaron voces, a juzgar por testimonios que décadas después aún siguen vivos y en circulación, dispuestas a achacar el embarazo a una violación no consentida que la víctima habría preferido silenciar por un legítimo sentimien­to de pudor, ultraje y vergüenza. Seguro que fue a esta hipótesis benévola a la que trataría de agarrarse de manera especial el párroco del vecindario cuando llegó a sus oídos la noticia y más aún cuando tuvo que acudir a una insólita entrevista que a raíz de tal suceso se vio en la necesidad de mantener, como lo leen, con el mismísimo gobernador civil de la provincia y secretario provincial del movimiento. El cual, éste último

y hay que entender la época para comprender tal situación, sin que el cronista pueda hacer al respecto otra cosa que narrar las cosas como le consta que pasaron, al margen de su evidente inverosimili­tud, sobre todo a la luz de lo que son hoy, de lo que al menos hoy parecen, usos y costumbres de los gobernantes

el gobernador civil, decía, no dudó en responsabilizar al párroco del barrio, tal y como éste habría de dejar escrito en sus apuntes parroquiales[2], del terrible escándalo que para la ciudad representaba el embarazo de una moza, de buen ver y soltera, en una ciudad, a Dios gracias conservadora, además de católica, apostólica y romana, como tantas veces en la historia había tenido ocasión de demostrar, y la última y mejor durante el glorioso estallido de la cruzada nacional; y no estaba dispuesto él, o sea, ella, vamos, la primera autoridad civil de la provincia, a permitir que en el resto de país se supiera que también en ciudad tan íntegra y de orden salían semejantes manchurrones, ya que eso, lo innom­brable, cabía esperarlo en ciudades que, como Madrid o Barcelona, ni para la más recia autoridad resultaban abarca­bles hasta el último detalle; pero, en cambio, hombre de dios, debió gritarle un tanto fuera de sí el excelentísimo, allí, en aquella ciudad pequeña y pacífica, cumplidora fiel de las leyes humanas y divinas, era intolerable un desvío semejante; por lo que a él, al párroco, por ser el más alto guardián de las esencias espirituales de la patria, el responsable de la integridad de las almas a su cargo, era a quien culpaba del gravísimo pecado y a quien exigía que tapase el asunto como fuera, buscando una forma, rápida y discreta a poder ser, de devolver a algún redil oveja tan doblemente descarriada como aquella costurera que ya tuviera un penosísimo antecedente como agresora de una muy alta jerar­quía. Anonadado el pobre cura por aquel confuso torrente de palabras que le pillarían además tan de sorpresa, es de imaginar que se quedara mirando boquiabierto a la alta autoridad sin saber qué responder, hasta que se atreviera a concentrar todas sus dudas en la formulación de un solo interrogante:

-¿Y cómo se tapa eso, excelentísimo señor?

A lo que éste le respondería, con acompañamiento de esos gestos de obviedad que tan bien dominan los que mandan y que tanto aciertan a humillar a los que obedecen:

-Cásela, hombre de Dios; cásela usted con quien sea y que la criatura tenga al menos un padre legal; que en la España del Caudillo no hay un español que no tenga derecho a tener, no uno, sino los dos padres que desde siempre han prescrito tanto la ley divina como la de los hombres.

-¿¡Dos!? -se asombraría aún más el párroco.

-¡El padre y la madre! ¿Está usted tonto o qué?

A raíz de la entrevista, que pudo ser como ha quedado en síntesis descrita o tener otros meandros a los que no nos cabe más acceso que el imaginario después de transcu­rridos tantos años, debió quedar el párroco con las entende­deras un tanto averiadas pues no tardó en comprobarse que con rapidez y no poca diligencia incluyó entre sus deberes eclesiásticos prioritarios velar por la salud de las almas a su cargo, incluso cuando, como era el caso que le preocupa­ba, resulta­ban ser los cuerpos los que, en todo caso y desde tan peculiar óptica, enfermaban de fornicaciones o concupis­cencias; de lo cual, de ese entonte­cimiento que llevó al cura a no pocas situaciones ridículas y delirantes a partir de ese momento, y para cuya descripción me temo que no nos haya de quedar lugar, intuye uno que tuvieron también no poca culpa algunas de las más santurronas de sus feligresas, quienes, como si estuvieran confabuladas con el excelentísimo señor gobernador, lo que en absoluto es descartable, también se empeñaban en sostener que era el párroco el único que debía deshacer aquel entuerto doblemente embarazoso en que había devenido la madre de Artemio cuando quedó, precisamente de él, embarazada. Todo lo cual no viene mal que quede cuando menos apuntado para que no se juzgue con dureza excesiva al señor párroco cuando un día se presentó

como solo los curas y los picapleitos saben hacer con tanto desparpajo

en casa de la costurera con la abierta intención de hacer ofrenda de servicios y consuelos no solicitados. Antes, sin embargo, de entrar en los detalles de este encuentro, digamos, pues ya va siendo hora y no faltará quien acostumbrado a los usos de las antiguas narraciones lo eche en falta, que era el párroco del que llevamos ocupándonos este último trecho un hombre ya doblado por los años, entrado en carnes y de piel sanguínea, como si el vino de la misa no fuera el único que había trasegado. Añadamos que había llegado cuatro años antes, cuando debía de tener no más de sesenta y cinco, desde un pueblo asturiano, a causa de lo que cabría interpretar, y que él mismo no descartó nunca del todo, como medida “profilácti­ca” del nuevo régimen para apartarlo de los pozos hulleros en los que hasta entonces había oficiado y que, por ser los mineros que en ellos trabajaban hombres broncos, poco dados a la floritura o el asentimiento, le habían procurado cierta fama de elemento peligroso o en trance de contamina­ción por el terrible virus colorado. En cuyo caso, y si algo hubiera habido de eso en la decisión de mandarlo desde Asturias a Zamora, habría cierta­mente que alabar la astucia de quienes lo decidieran, pues al cabo de pocos años de estancia en esta otra tierra parecía evidente que el párroco no presentaba rastro alguno de posibles influencias subversivas. Su gracia al completo era la de Pedro Alvarado Yenes, aunque pronto se había visto reducida al clásico don Pedro, al respetuoso padre Pedro, a un más coloquial “el cura asturiano”, o en plan ya decididamente irreverente, y siempre que el interesa­do no pudiera oírlo, al cura Gangamena. Este último mote, que eso era, se lo había ganado el padre Pedro por su costumbre, sin duda contraída en los valles mineros de los que procedía, de hablar en los sermones del domingo, una y otra vez, de que, también entre los fieles, y en la vida cotidiana, y en el interior de uno mismo, era menester estar atentos para separar la ganga de la mena y la mena de la ganga. Mas como resultase que en su nueva parroquia eran pocos o ninguno los que sabían, no ya separarlas, sino qué significaba la tal ganga y qué sería la dichosa mena, no tardaron en llamarlo a él ambas cosas juntas; aunque ya se ha dicho que sólo a sus espaldas y más por mera guasa que por un afán malvado contra la santa madre iglesia. De modo, en fin, que este don Pedro, padre Pedro o el cura Gangamena, tan recio de aparien­cia como débil de carácter, acaso porque nunca logró acostum­brarse al modo en que se conducían aquellas gentes buenas, sobrias, de una pieza, pero también secas o brutales cuando se terciaba, se presentó un día, cuando la noticia de su estado era más que pública y notoria, a visitar a Pepi Campa en casa, instantes después de que ella hubiese cerrado su taller y se hubiera ido a descansar, o hacer tal o cual faena, a las estancias superiores. Ni buenas tardes, ni pase usted, ni qué se le ofrece al señor párroco; Pepi Campa, se limitó a preguntar desde la puerta, tras escuchar la llamada y abrir un poco el postigo superior:

-¿Pasa algo?

Parpadeó nervioso el cura Gangamena como si tuviera que hacerse a la idea de que no había ironía o burla en aquella forma de decirle a un invitado que no era bienve­nido o que explicase antes de entrar el motivo de su visita, como si éste no fuera más que imaginable, y como si en realidad pudiera haber algún otro distinto, no siendo Pepi Campa, como no lo había sido nunca, feligresa especialmente cumplidora de sus deberes para con la iglesia, que, como en tantos otros, perdónalos, Señor, que no saben lo que no hacen, se reducían a la misa de domingo y a algún otro oficio destacado en fiestas patronales o de las llamadas de guardar. El párroco, pues, carraspeó:

-¿Ni siquiera me va usted a dejar pasar?

Y como ella no tuviera valor, quizá ni albergara el deseo, de negárselo, acabó de abrir la puerta, se hizo a un lado, le aconsejó que tuviera ojo con los cuatro escalones descendentes de la entrada, pues no todos los peldaños esperaban de la misma forma al pie, y lo condujo hasta el saloncito de camilla y brasero. Allí le ofreció una de las sillas de madera y se quedó en espera de lo que el cura le tuviera a bien o a mal decir. Gangamena, a su vez, y si se nos permite usar con preferencia el apodo, por ser más popular también entre el gentío que en buena parte nunca se preocupó de memorizar el nombre y menos aún los apellidos; Gangamena, a su vez, decíamos, albergaba la esperan­za, bien es verdad que cada vez más tenue, de que la mujer tuviese el gesto, como hacían las mejores de sus feligre­sas, de ponerle un culín de aquel orujo o aguardiente blanco que casi todos tenían en su casa y que a él, Dios lo compren­día todo, tanto le ayudaba a clarificar la mente y hallar las palabras adecuadas, sobre todo, cuando, como en ese instante, necesi­taba ser preciso para que no se mal interpretara ni una sola de ellas. Y por ahí, pero sin ayuda de orujo alguno, que ni Pepi Campa tenía en casa ni de tenerlo se le hubiera ocurrido ofrecer, fue por donde por fuerza

entiénda­se: la fuerza de la deducción lógica, ya que nunca puede haber certezas en la reconstrucción de escenas de este tipo en que no existen testigos o los que hubiera jamás registra­ron o quisieron compartir registro de lo acontecido

empezó su plática confidencial el padre Pedro:

-No quisiera, señorita Josefa, que le molestara mi presen­cia, pero era mi deber venir a verla, aunque no mediara invitación ni exista, bien lo sé, relación de confianza suficiente entre nosotros. Aún así, y por si en mi humilde mano de párroco estuviera prestarle algún tipo de ayuda, de la manera que estimase, a la hora de este, por así decirlo, trance, aquí me tiene…

Y diríase, o eso debió pensar el señor cura, que las dos cejas negras y pobladas de Pepi Campa apenas se inmutaron pese a la imperceptible elevación que ambas con harta probabilidad sufrieron:

-¿Se refiere usted a mi embarazo?

Debió asombrarle al párroco asturiano la ausencia, al  menos aparente o visible, de intranquilidad en la mujer, cual si no fuera consciente del escándalo monumental que, en voz más o menos baja de momento, representaba su situación para aquel barrio, para la ciudad e incluso, de creer al exaltado excelentísimo señor gobernador civil de la provincia, para el conjunto del país:

-Verá usted; yo tengo por misión, no solo, como dicen algunos, con ignorancia o mala fe o un poco de ambas, decir misa y callarme, sino también, quizá en grado mayor, ayudar en lo que pueda a las gentes de este barrio, al que el Señor, en su infinita bondad y superior inteligencia, ha querido que, por el momento, haya sido destinado; y tiene que entender, señorita Josefa, que su caso, o sea, su embarazo, puede provocar ciertas interpretaciones…

Extraño debió sonarle a Pepi Campa el repetido nombre de Josefa, que siendo en verdad el suyo propio jamás había cumplido el único objetivo para el que los nombres son creados: señalar a algo o alguien, para diferenciarlo de cosas o seres semejantes; pues ella había sido siempre Pepi, Pepi sería con seguridad más adelante y no otro nombre en verdad tenía, por mucho que figurara en el registro corres­pondiente y en los papeles oficiales, esos a los que tan poco importa la real identidad de los registrados, como Josefa Campa Hidalgo. Esta misma razón, por cierto, la de que no hay otro nombre que aquel que sirve para lo que los nombres son creados, es lo que empuja al autor de estos apuntes biográfi­cos, como insinua­ba hace unas cuantas líneas, a utilizar con preferen­cia el apelativo, sin duda algo irreverente, de cura Gangame­na para quien en verdad más bien merecería, siquiera en razón de su alto y espiritual lugar en el escalofón de los vecinos, ser denomi­nado padre Pedro; pero si eso hiciera, ¿quién de entre los que aún puedan habitar el barrio y haberlo conocido caerían en la cuenta de que de quien uno habla no es de otro que de aquel párroco asturiano que acabara falleciendo de cirrosis, sin duda no por otra cosa que por el erróneo diagnóstico de un galeno incompetente a todas luces, no viéndose, como no se vio en la vida al bueno de Gangamena bebiendo otro alcohol que el existente, pero en tan inocua cantidad, en el vino consagrado que a la fuerza tenía que ingerir en cada misa, además de alguna de aquellas esporádicas, repito, esporádicas, copitas de orujo o aguar­dien­te que algunos feligreses le brindaban, más por aclararle las ideas que porque pensaran que un hombre tan sabio como recio pudiera precisarlas? La tal Josefa, pues, del párroco asturiano; Pepi Campa para el lector y para mi y para cuantos en su época tuvieron ocasión de tratarla o conocerla, sin perder la compostura, respondió que lo sabía:

-Ya sé que esto, padre, me condena a ser señalada con el dedo; lo que no entiendo es qué puede ofrecerme usted…

Y esto, que no parece nada o parece incluso un modo despectivo de decirle, qué hace usted aquí, déjeme en paz porque nadie le ha dado vela en esta tripa, relajó un poco, sin embargo, al cura Gangamena, quien dedujo que más bien acababa de abrírsele una puerta, un ventanuco como mínimo, a través del cual podría entrar con algo más de tino en la oculta voluntad de la mujer y explicarle lo que se daba por supuesto que tenía explicar.

-La cuestión es, querida hija, y naturalmente no tiene ninguna obligación de contestarme si no quiere; la cuestión reside, déjeme decirlo disculpando la torpeza, en si el padre de la criatura tiene o no tiene intención de resolver el lío, y con ello, ya imagina, hablo de si va o no va a contraer el oportuno y cristiano matrimonio con usted, para que la situa­ción vuelva, pues, digamos, a una cierta normali­dad; la iglesia, hija mía, no lo olvide, es, antes que nada, madre comprensiva y entiende las debilidades de la carne, por lo que puede, claro está, extender sobre usted y sobre él, más seguramente sobre él, porque son los hombres los que con más denuedo corren al encuentro del pecado, el manto del per­dón…

Lo más probable a las alturas de una conversación de este tenor es que Pepi Campa, adivinando el resto y tono de la homilía, decidiera atajar por el más recto de los caminos.

-Le agradezco, padre, este gesto de venir a ofrecer­me ayuda, pero está usted en un error; lo que salga de aquí, de esta barriga ya inflamada, y que no sé aún si será un niño o una niña, no tiene ni tendrá jamás un padre; tiene una madre que soy yo y eso por fuerza ha de bastarle; lo demás, lo que puedan o no puedan hacer las gentes; lo que puedan decir o no decir, no es algo que en realidad me afecte o sobre lo que yo tenga nada que opinar.

Y ahí, al sacerdote asturiano, al sanguíneo cura Gangamena, los ojos le debieron bizquear haciendo chiribitas, forma tonta, cierto es, de intentar encerrar en cuatro o seis palabras ese único gesto que nunca es el mismo y que a todos nos acompaña al hablar, para, en casos como este, expresar al margen de palabras, yo qué sé: asombro, sorpresa, desánimo o decepción.

-Pero un padre de su hijo, señorita Josefa, por fuerza ha de haber…

Y ella, que:

-Ni lo hay ni lo habrá, puesto que de cuidar a esta criatura no va a encargarse nadie más que yo; y déjeme añadir, don Pedro, que un padre no es quien con simpleza planta un simiente y después no vuelve a saber nada o a interesarse por las consecuencias; un padre es quien planta la simiente, permanece junto a ella sin dejar de cuidar la tierra un solo día y procurando que nunca falte abono o agua desde que la planta nace hasta que crece; este niño, lo mire usted como lo mire, ni tiene ni va a tener un padre; ni falta que le hará, si me permite el desahogo.

Debió sentirse el párroco, a juzgar por lo que habría de pasar después, entre enmudecido y acorralado por la batería de argumentos y la insólita firmeza con la que se expresó la costurera; debió conside­rar cegada y bien cegada cualquier posible alternativa para llevar aquel asunto a terrenos más cristianos; pero aún así

con esa fortaleza de ánimo que sólo se ve en curas y dentistas cuando intuyen que hay de por medio un alma o una caries, respectivamente

no quiso esfumarse sin realizar un último esfuerzo.

-Las cosas no van a ser fáciles en esta situación si nadie la protege; ya sabe que el diablo enciende el corazón de muchos hombres cuando saben de una mujer sola y aún, si me permite, tan atractiva y joven como usted, que es además madre soltera…

-¿Me ofrece usted la suya?

Estupor de Gangamena:

-¿La mía?

Precisión de Pepi:

-Su protección.

Seguro que el párroco ahí enrojeció:

-No, por Dios; yo, no; pero si usted quisiera, podría tratar de hallar algún arreglo que fuese lo mejor, primero para usted y después para el conjunto de la comuni­dad.

No era tonto el cura, no, habría de pensar la madre del futuro Artemio cuando, conseguida una difícil brecha en su antes cerrada atención, le hizo ver que tenía los cabos bien atados y todo en realidad más que dispuesto, para que si ella así lo deseaba, pudiese contraer urgente matrimonio, de los que el pueblo llamaba de interés o conveniencia, con un hombre a quien no le importaría su situación, ni tampoco el hijo que llevaba. El cura Gangamena había hablado con él antes, por supuesto sin mencionar el nombre de ella, sólo describiéndola con frases vagas, de sondeo, y sabía que el desconocido aceptaría con gusto prestarse a un arreglo de mutua conveniencia. Ella sólo tenía que asentir, dando su conformidad y de todo lo demás se encargaba el sacerdote. El primer impulso de Pepi Campa ante tal proposición tuvo que ser, denlo por seguro, echar de los peores modos al ensotanado y procaz intruso de su casa. Pero una de sus cualidades, y de las mejores que habría de heredar el hijo que llevaba en sus entrañas y que algún día haría popular el tan poco común nombre de Artemio, era la de conservar la sangre fría cuando otros en iguales circunstan­cias irían por el quinto hervor, de modo que aparentando cierto interés planteó la pregunta elemental:

-¿De quién se trata?

La respuesta no debía resultar sencilla para el párroco, porque consta que empezó por merodearla.

-Me alegra comprobar que, al menos, la idea, si puede llamarse así, no le parezca un disparate; en cuanto a la persona aludida, bueno, no voy a decir que sea demasia­do, como diríamos, agraciado; ni tan joven, claro, como usted; pero, créame, tiene nobleza de carácter, aunque sus formas sean algo rudas; bueno, supongo que puedo confiar en su discreción y que si acabara, Dios no lo permita, rechazan­do esta sugerencia, que hago por su bien y sobre todo por el de la criatura, sabrá guardarme el secreto…

-Descuide, que sabré.

-Pues le hablo de José, el barquero de la aceña.

-¿José?

-Sí, al que también llaman “Potele”.

Con este otro nombre seguro que la costurera no tuvo problema alguno para identificar a José “Potele”, el barquero que a veces se acercaba por el barrio a vender los barbos, carpas, gallegos o bogas que sabía arrebatarle al río. Que no era guapo, había dicho el cura, denotando un desarrollado don cristiano de la compasión; porque Potele era, de hecho y en verdad, feo como una maldición, sucio como las manos de un porquero y desdentado como pico de ave. De ahí que Pepi Campa se quedara mirando al párroco, quien a su vez se había quedado esperando la respuesta con ese tipo de sonrisa que los nervios curvan, y que estallara, Pepi Campa, no el cura, en una inesperada aunque no imprevisible sucesión de carcajadas.

-Está usted loco, padre Pedro. ¿De veras cree que por evitar murmuraciones voy a casarme de por vida con ese…, con ese tal “Potele”?

Intentaría el cura, herido por el sarcasmo y por las risas, no perder del todo el sitio, como se suele hacer en tensas situaciones semejantes y aún le predicaría alguna que otra obviedad, tipo:

-Tenga en cuenta, hija mía, que tampoco usted está en la mejor situación para exigir.

Pero cuando uno pierde el sitio, el hueco, la oportunidad en una discusión, ese sitio, ese hueco y esa oportunidad perdidos quedan.

-Lo que yo pueda o no pueda exigir es cosa solo mía, padre. Le agradezco su intención, si de verdad es tan limpia como dice, pero creo que ya hemos perdido ambos excesivo tiempo.

Y tendría el cura, es de ley, de la ley de la hospitalidad y cortesía, que levantarse y aceptar que se le invitaba a irse. Lo cual no implica que, desde la misma puerta de salida, no se volviera a insistir:

-Comprendo que no es fácil hacerse a la idea, hija mía, pero piénselo, piénselo bien; “Potele” no es mala persona; y en todo caso no es lo peor, lo peor sería no hacer nada…

Palabras que a Pepi Campa, si así llegaron a salir al aire, le sonarían a amenaza intolerable, por lo que no nos debería de extrañar que zanjara la salida a la calle del cura Gangamena con una suerte de portazo o un desabrido “adiós y que no vuelva”, más una sonora vuelta de cierre a la llave de la puerta de la calle. Después regresaría a las estancias interio­res y, pese a su probada fortaleza de carácter, lógico es pensar que acabaría tumbándose en la cama, quién sabe si llorando y desde luego derrumbada

más por dentro que por fuera.

……………………………………………………………………………………………………..

[1]
 “La Voz del Duero”, 24 de abril de 1940. La informa­ción a la que se hace referencia viene en realidad muy escondi­da, en la página cuatro, inferior, y disimulada con otras, no menos variopintas, bajo el título genérico “Incidencias”. Aunque las razones tengan por fuerza que ser otras, diríase que Artemio Campa, como haría más tarde con tanta y tan irritante obsesión, ejercía ya un férreo control sobre informaciones que le afectaran incluso antes de existir. Se ve que era su sino.

[2]
Por desgracia, en paradero desconocido y sin que hayan podido ser consultados, como hubiera sido deseable, a la hora elaborar el presente bosquejo biográfico. Las únicas referencias encontradas sobre el impagable documento proceden de una tesis, inédita pero disponible en los archivos de la Univer­sidad Pontificia de Salamanca, del profesor y sacerdote burgalés Onésimo de la Cruz Peña, cuyo título es de por sí ilustrativo: “Poder divino y servidum­bre humana en la parro­quia contempo­ránea”.

…………………………………………………………………………………………………..

Fib del primer capítulo. Más información en la web del autor.

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