La Bolsa o la vida

            Pues esta vez tembló la montaña y no parió un ratón, que va; parió un elefante. La montaña de la remodelación del Gobierno, me refiero. Esperábamos todos unos retoques, un relevo de los más desgastados o ineficaces, pero los designios de Pedro Sánchez son tan inescrutables como los de un dios menor y, ya ves, ha pegado un revolcón al consejo de ministros (de ministras, más bien) de no te menees. Aun ignorando las claves internas de la movida, reconozcamos que el mensaje lanzado es certero:

            —Tras el terrible y larguísimo año de la pandemia, os presento un equipo renovado, sin desgaste y con todo el brío necesario para encarar un tiempo de recuperación y regreso a la añorada normalidad.

            Me parece certero porque, en efecto, el Gobierno iba dando impresión de agotamiento y falta prematura de ideas. Ahora bien, que no se engañe el presidente. Lo que ha hecho no es lo único, ni siquiera lo más importante que tiene que hacer para relanzar su proyecto y recuperar una ciudadanía que, según las encuestas, empieza a pensar en un vuelco en favor de quienes le proporcionen más seguridad, más certezas y más garantías de que nos recuperaremos.

            Se lo viene advirtiendo, de entre las fuerzas amigas, Íñigo Errejón, del emergente Más País, con especial insistencia, una y  otra vez. Deje de gobernar para los adversarios o mirándoles de reojo, deje de pensar más en la empresa que en sus trabajadores y más en la Bolsa de valores que en la bolsa de la compra. Los ciudadanos votan a quienes creen que gobernará en su favor o que al menos no los aplastará. Y ahí la derecha funciona con más eficacia, porque carece de complejos y de empatía social. Gobierna para los suyos, para sus intereses, sin pudor. El caso de Madrid estos días, con Ayuso desatada, es una óptima ilustración. Desde los gobiernos progresistas, en cambio, hay un esfuerzo evidente por eso tan justo y constitucional de gobernar para todos, también para los que votaron a los contrarios. Lo cual, ya digo, es lo justo. El problema es que casi todas las fuerzas subterráneas, fácticas, socioeconómicas e internacionales, empujan a los Gobiernos en una única dirección: la desquiciada lógica neoliberal. Con lo cual, se acaba gobernando para los de siempre, para la clientela del adversario, para quienes tienen más dinero que necesidades. Y los electores propios acaban frustrados y huyendo.

            En eso debería meditar, siquiera unos minutos, el presidente del Gobierno tras su profunda remodelación. Ya tiene renovado el equipo y a sus votantes mirándolo con expectación. Ya tiene a punto de reparto el ingente cargamento de millones europeos para la recuperación. ¿Cómo lo repartirá? ¿A quiénes va a beneficiar? ¿Pensará en los que no tienen nada o en los que lo tienen todo y quieren más? ¿En la Bolsa o en la vida?

            Temo lo peor y cruzo los dedos.

17 de julio de 2021, Diario 16

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