El fin del mundo (otra vez)

Cada poco nos dicen que el fin del mundo se acerca. ¿Se acuerdan del efecto 2000? Ese año, con el cambio de milenio, los ordenadores se iban a volver locos, nos decían, y la civilización colapsaría. Nos acojonaron, aunque no fuera muy creíble, porque todo cambio de milenio trae profecías así. En el año 1000, cuentan las crónicas, fue mucho peor. Columnas de penitentes recorrían las calles descalzos y azotándose hasta la sangre para pedir a dios que se apiadara de la humanidad. Lo lograron, el tal dios se apiadó y seguimos adelante. También recuerdo lo del fin del mundo profetizado por un calendario maya, que hasta hicieron película. Todos fingíamos no creer nada, pero, oye, eso de que fuera de origen exótico… Y ahora mismo no me vienen más a la memoria, pero son incontable los fines del mundo a los que hemos sobrevivido, porque los Nostradamus de turno parece que se lían o no los interpretamos bien o somos más difíciles de rematar de lo que parece.

Pero difícil no es imposible. Y ahora nos anuncian un nuevo fin del mundo que parece más trabajado y solvente. De hecho llevamos décadas trabajándolo a conciencia. En vista de que los dioses no son fiables y los profetas aun menos, la humanidad ha decidido hacer ella misma, a mano, entre todos, un fin del mundo total. Y se nos anuncia, con todo lujo de detalles, el colapso del planeta a causa exclusiva de la actividad humana. Final, insisto, que sí que es creíble. Primero porque no se anuncia para un día concreto de un año concreto, que es lo primero que indica falsedad. Segundo porque no viene de “profetas” o calendarios de pueblos antiguos o máquinas que enloquecen, sino de la comunidad científica global, gente que solo habla de lo que puede demostrar y aportando toneladas de pruebas. Tercero, porque lo provocamos nosotros mismos y todos nos conocemos y sabemos de lo que somos capaces, con tal de “prosperar”.

El horizonte es muy negro, amigues. Oscuro a más no poder. Para evitar lo peor tendríamos que cambiar desde ahora mismo todas las bases de nuestra sociedad y a escala mundial. Ya ves tú. Con gobiernos que no son capaces ni de meter en vereda a las insaciables compañías de la luz. Con alcaldes emperrados en seguir adorando el dios Coche y a la Santísima Contaminación. Con poderosísimas corporaciones mundiales cuyo único afán es acumular riqueza sin freno, a costa de lo sea… ¿Dónde están los mimbres para el vuelco que necesita esta civilización autodestructiva? Ahí fuera, no. Ahí arriba, aún menos. Habrá que mirar hacia dentro y por aquí abajo, donde nos movemos eso que despectivamente llaman la masa, el común, la gente, los nadies. Somos los únicos de donde puede salir algo que evite este nuevo fin del mundo, que pinta tan real. Vaya reto, chavalada. En un par de generaciones o desatamos la más potente revolución mundial nunca vista o nos extinguimos. Nada de tremendismo; es lo que hay.

3 de septiembre de 2021, Diario16

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