Carta de Santi Pecho-Lobo

Hola, Reyes. A ver, lo primero de lo primero: ¿venís con los papeles en regla? No os parezca mal, pero pienso comprobarlo. De vuestra zona no para de llegar gente que me acojona, incluso si son niños que andan solos. Por culpa de esos paisanos vuestros me paso la vida metido debajo de la cama, no sea que me violen o me roben o me peguen o me hagan yo qué sé. Y no ignoro que estaréis asombrados por esta introducción, pensando:

—Pero, oye, ¿cómo puede tener miedo, incluso de unos niños, este tiarrón tan bien plantado, capaz de enfrentarse a los amos del mundo; siempre que sean pobres y estorben, valga la redundancia?

Mirad, Reyes: el Pecho-Lobo me llaman, porque soy valiente, osado y no hay menesteroso al que no le plante cara para que deje de afear nuestras calles y, los que las tengan, nuestras conciencias. Ello no obsta para que no sea un suicida. Dejemos de confundir. Yo tengo un misión altísima en la vida: salvar España, salvar esta nación, aunque para ello tengo que construir muros de acero en sus fronteras, previa expulsión de quienes demuestras ser traidores pensando de otra forma. ¿Que me puedo quedar solo? Ya lo dice la sabiduría popular: mejor solo que mal acompañado.

A lo que iba; soy valiente como nadie, pero debo velar por mi valiosa vida y por eso tengo el sagrado deber de estar acojonado todo el día; eso protege mucho. Y por esto, superdotado como soy, además de tener un pecho lobo, no quise hacer la antigua mili. Las armas las carga diablo y no me podía arriesgar. Tampoco he permitido que un trabajo me distraiga nunca del objetivo esencial. Y aquí estoy, vivo, descansado y dispuesto a hacer lo que sea por mi patria, siempre que no cueste trabajo y permita vivir bien.

Por tanto, voy al lío, Reyes. Traedme un juego de soldaditos de plomo. Ya no me fío del ejército español, que no ha parado de ablandarse. El plomo no se ablanda nunca, salvo que lo quemes. Con un millón de soldaditos creo que tendré bastante, aunque hay tanto que eliminar que ya veremos. De paso y como extra traedme un armadura medieval o al menos un coraza impenetrable. Este pecho lobo hay que protegerlo porque es sin duda un bien nacional.

Los regalos, si pasáis todos los controles, me los dejáis en la sede del partido. No los llevéis a mi casasoplón, porque ahí no entráis ni de coña, con las medidas de seguridad que he instalado. Finalmente, prefiero que mis cosas las traiga Melchor. A Baltasar le sugiero, por su bien, que ni pise el país. Y Gaspar, si sigue viniendo con turbante, que se quede en Marbella o por ahí, que hay más colegas. Melchor puede venir, pero estaría bien que se vistiera al modo occidental. No lamentemos después lo que podemos evitar antes.

Adiós y sed puntuales.

Santi Abascal, alias el Pecho Lobo.

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