Un relato quijotesco

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Portada ARCO 2De los diez relatos recogidos en mi libro EL ARCO DE LA INMORTALIDAD, hay uno que me divierte especialmente. No digo que sea el mejor. No lo es. Digo que es el que más me divierte, porque supuso en su día un empeño quijotesco por mi parte. Me pidieron algo para conmemorar no sé qué efemérides de Cervantes o de Don Quijote. Y yo acepté, tratando de homenajear al libro desde todos los ángulos posibles. El tema el Quijote; la forma es la del Quijote (prácticamente el primer capitulo del libro, cambiando solo las palabras justas para contar otra historia) y en el fondo, como en el Quijote original, hay una parodia o burla. En el original, contra las novelas de caballería; aquí, contra esa plaga de eruditos empeñados en demostrar que Don Quijote se desarrolla donde ellos digan y no donde escribió Cervantes.

Como acabo de sacar el libro en papel, y sigue estando en ebook, se me ha ocurrido regalar hoy a quien pase por aquí este relato que titulé: EL VERDADERO DONDE QUIJOTE ES DE MI PUEBLO.

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CAPÍTULO ÚNICO: Que trata de la condición, ejercicio y descubrimientos del único lector que descubrió la verdadera naturaleza del Quijote y de cómo intentó, sin mayor fruto, compartir con el mundo su tan portentoso hallazgo.

En un lugar de la Hispania, de cuyo nombre tendría que acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hombre solterón y jubilado, de los de pluma en gallinero, ademán antiguo, vientre abultado y pueblo en derredor. Una hipoteca de algo más casa que pocilga, letra de coche desvencijado, visita al supermercado los sábados, alguna cana al aire algunos viernes, contribuciones y tasas de añadidura anuales, consumían las tres partes de su hacienda. El resto de ella concluían sayo raído de entre domingo y lunes, calzas de lo que pillaba para fiestas con sus pantuflos de andar por casa, los días de entre semana se honraba con pantalón de pana, camisas de cuello desgastado y por encima, dependiendo de estación. Iba por su casa una mujer de Ayuda a Domicilio que pasaba de los cuarenta, y lo visitaban de vez en cuando, por ver si la herencia se acercaba, una sobrina que no llegaba a los treinta, y un mozo del pueblo que así le arreglaba la pared de alguna cuadra como tomaba la podadera para dejarle expedita la vegetal entrada de su choza con pretensiones. Frisaba la edad de nuestro solterón con los sesenta años, era de complexión fofa, seboso de carnes, de rostro mofletudo; poco trasnochador y menos amigo de la faldas. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Sebosillo o Sobrasada (que en esto hay alguna diferencia en los autores que de este caso escriben), aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se apellidaba Salmerón y quizá Julio-Jimeno era la gracia; pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración de él no se salga un punto de la verdad.

Es, pues, de saber, que este sobredicho jubilado prematuro, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año) se daba a leer el único libro que tenía en casa con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la antes cotidiana partida de baraja, y aun la administración de su magra hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que gastó muchas pensiones adelantadas para comprar más ediciones en que leer “El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha”, de don Miguel de Cervantes Saavedra, pues tal era el título único de sus desvelos; y así llevó a su casa cuantas ediciones pudo hallar de él; y de todas ninguna le parecía tan bien como las que cada poco componía el famoso profesor y académico Francisco Rico: porque la claridad de su prosa, y aquellas intrincadas razones suyas que desperdigaba en el millón de notas adosadas por doquier, le parecían de perlas; y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafío, donde en muchas partes se atrevía incluso a explicar misterios cual el de: al caballero pobre no le queda otro camino que mostrar que es caballero sino el de la virtud, y también cuando intentaba aclarar: cuando subieres a caballo, no vayas echando el cuerpo sobre el arzón postrero, ni lleves las piernas tiesas y tiradas y desviadas de la barriga del caballo, ni tampoco vayas tan flojo, que parezca que vas sobre el rucio; que el andar a caballo a unos hace caballeros; a otros, caballerizos. Con estas y semejantes razones perdía el pobre hombre el juicio, y desvelábase por entenderlas, y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara, ni las entendiera el mismo Aristóteles, si resucitara para sólo ello. No estaba muy bien con las heridas que en el libro don Quijote daba y recibía, porque se imaginaba que por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales; pero con todo alababa en don Miguel, así lo llamaba él al inmortal y admirado autor, ya sin apellidos, pues tal era su familiaridad que por familiar casi lo tenía, aquel acabar su libro con la promesa de una inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma él mismo, y darle fin al pie de la letra como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera adelante en el empeño, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran.

Tuvo muchas veces competencia con el cura de su pueblo (que era hombre docto formado en el Seminario de Ponferrada), sobre cuál había sido el verdadero  caballero de Cervantes: si el que los incultos tenían por nacido, pese a no haber prueba tangible alguna, en Alcalá de Henares, o aquel otro, que él cada vez tenía en más probable estima, que hubiese en verdad corrido aventuras por su pueblo, que también tenía por nombre, ¡oh, divina Providencia!, el de Cervantes, además del apellido de Sanabria, en la remota provincia de Zamora. Cierto es que el tío Nicolás, médico del mismo pueblo y también lector eventual de El Quijote, decía que ni el uno ni el otro, que el caballero de la Triste Figura bien pudiera ser que donde en realidad había vivido sus raras aventuras fuese en un pueblo de Asturias, del que él procedía y que coincidía, calco por calco, aseguraba sin que se le moviera un pelo del bigote, con lo que el autor iba describiendo.

En resolución, el jubilado solterón se enfrascó tanto en la lectura del Quijote, de los mil Quijotes que a la sazón atesoraba, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio, y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder, decían en el propio pueblo suyo, el juicio. Llenósele la fantasía de que todo aquello que leía en el libro, así de encantamientos, como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles, había en verdad ocurrido en su tierra, por toda la comarca, sin salir nunca en realidad de ella y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de soñadas deducciones, que para él no había otra historia más cierta en el mundo.

Sostenía él con tan singular como contumaz empeño, que los doctos académicos y altos profesores que habían dado por cierta a lo largo de los siglos la descabellada teoría de que La Mancha era la región homónina de España, eran sin duda rectos y honorables estudiosos; pero que en su ignorancia inocente o culposa desidia académica no habían sabido hallar al verdadero caballero don Quijote ni habían descifrado con acierto sus andanzas ni se habían sabido escapar de los encantados gigantes de la literalidad que habían tomado por auténticos molinos del viento de lo real. Pues él, en cambio, anotadas con lápiz buena parte de sus ediciones del libro de los libros, estaba en condiciones de demostrar, allá donde falta hiciera o se necesitara, que lo de la Mancha aludía, en realidad, al parentesco evidente y ancestral del Caballero de la Triste Figura con la familia de los “Manchados”, que aún existía en el pueblo y que se llamaban así, ni se sabía desde cuando, acaso, se decía, porque algún remoto antepasado se dedicara a fabricar cisco o carbón para las lumbres o luminarias, y como fuese un oficio en el que es preciso ensuciarse no poco se quedase con el mote de “Manchado” por siempre, tanto él como sus descendientes, entre ellos, de eso estaba bien seguro, el caballero Don Quijote, que Cervantes hizo como que inventó después de verlo por el pueblo. No menos sólidas y argumentadas explicaciones fue hallando para todos y cada uno de los personajes, así como para los topónimos que en el libro lucían nombre propio y eran descritos, y aun medidas en leguas sus distancias.

En efecto, rematada ya a su juicio toda la cabal explicación del libro mil veces mil leído, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de la república de las letras, explicar al mundo entero que el mundo entero había andado errado en todos aquellos siglos por mor de no haber entendido ni una coma apenas de la más inmortal leyenda de la hispana lengua. Y así convino en que algún día iba a ser preciso dejar el pueblo y salir al exterior, con sus ediciones de El Quijote garabateadas y reescritas, con sus miles de folios explicativos mecanografiados, deshaciendo todo género de confusiones y demostrando a cuantos quisieran escucharle, e incluso a quienes no, que en verdad don Miguel de Cervantes no era quien creían sino un antiguo paisano suyo, quien sabe si pariente e incluso tatarabuelo, que nunca en realidad salió de la comarca, al menos en lo tocante al ámbito de invención de su mayor obra literaria. Imaginábase, en fin, cobrando eterno nombre y fama por haber descubierto lo que nadie descubrió en los siglos anteriores y coronado por la gloria inmarcesible de sus hallazgos literarios como el emperador indiscutible de la altísima casta de los cervantinos.

Y así con estos tan agradables pensamientos, llevado del extraño gusto que en ellos sentía, se dio prisa a poner en efecto lo que deseaba. Y lo primero que hizo, fue publicar un opúsculo por cuenta propia, titulado “El verdadero Don Quijote es de mi pueblo y no lo digo yo, que puedo demostrarlo”. Editolo y distribuyolo lo mejor que pudo; pero vio que tenía una gran falta, y era que no consiguió que se vendiera más allá de la veintena de ejemplares, comprados todos, según tuvo constancia fehaciente, por directos familiares, algún que otro amigo y, eso con seguridad, al menos tres desconocidos en quienes puso toda su esperanza, por si alguno de ellos fuese, acaso, don Francisco Rico u otro gran experto en la obra cervantina que ante sus hallazgos se inclinase y fuese a verle enrojecido y reconociendo: vos sois el más grande en verdad y habéis descubierto, oh, genio de la lectura, el verdadero sentido de una obra que a todos en estos siglos se nos escapara. Mas nada de ello ocurrió y comprendió entonces nuestro hombre que acaso necesitara ir más allá en su intento y desvaríos. Así que ofreció conferencias y envió artículos, en apoyo de su idea, a todos los confines donde pudo y le dejaron. Y como viese que tampoco aquello acababa de aceptarse ni se le incluía, contra toda justicia y equidad, en los congresos o citas académicas sobre el verdadero sentido del Quijote, concluyó que en verdad el mal de la ignorancia asolaba el mundo y que no debían de faltar espíritus maléficos que vigilaban día y noche para que la humanidad no se iluminase con ideas tan preclaras como en sus atentas y aún obsesivas lecturas alumbrara.

Limpias, pues, en la mente sus teorías, argumentado hasta el detalle el más ínfimo resquicio del gran libro, puesto nombre a su ambición, y confirmándose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa, sino buscar una alta y prestigiosa Universidad a la que encaramarse, porque un sesudo experto en Cervantes que no halla el adecuado eco, era árbol sin hojas y sin fruto, y cuerpo sin alma. Decíase él: si yo por malos de mis pecados, o por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún laureado catedrático, como de ordinario les acontece a los investigadores no reconocidos, y le derribo sus ideas, o le parto por mitad todos sus opúsculos, o finalmente, le venzo y le convenzo, ¿no será bien tener a quién enviarle presentado, y que entre y se hinque de rodillas ante mi pasmado Rector Magnífico, y diga con voz humilde y rendida: yo señor, soy el catedrático Carculiambro, decano de Filología y Literaturas Comparadas de la Universidad de Malindrania, a quien venció en singular batalla literario-interpretativa el jamás como se debe alabado profesor cervantino Don Julio-Jimeno Salmerón, natural de Cervantes de Sanabria, el cual mandó que me presentase ante la vuestra merced, para cantar la gesta suya y para que vuestra grandeza disponga de mí a su talante. ¡Oh, cómo se holgó nuestro buen soltero y jubilado, cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a qué Universidad premiar con su elección! Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había un campus universitario muy modesto, con apenas titulaciones y ninguna de ellas literaria, del que él un tiempo anduvo interesado, aunque según se entiende, solo como posible alumno que en modo alguno podía llegar a ser, por no disponer ni del imprescindible Graduado. Llamábase “Cam­pus Viriato”, y a este le pareció ser buena cosa honrarle con sus descubrimientos; aunque no, claro está, de inmediato y sin más ni más, sino cuando hubiese publicado varios libros y hubiese con ellos logrado abrir al fin la pétrea cabeza de tantos y tantos catedráticos empeñados por los siglos de los siglos en seguir sosteniendo que La Mancha era La Mancha; Barcelona, Barcelona; que Sancho se apellidaba Panza o que Dulcinea era del Toboso y no, más bien, del Mocoso, monte de su pueblo, como estaba en condiciones, también, sí, de demostrar. Decidido todo lo cual, entregose por el resto de sus días a la heroica tarea de poner todo ello, con señales y pelos, por escrito y hasta en el último detalle. Y por lo que cuentan cronistas diferentes, pues evidencias puras no se puede decir que hayan quedado, en ese empeño consumió el febril lector del gran Quijote el resto de sus días, no porque viviera poco o le pasara algo, sino porque pese a vivir hasta bien cumplidos los ochenta, parece que no halló tiempo suficiente para darle fin cabal y escrito a sus ideas todas y cerrar de tal manera el broche a su obra magna u Opus Máxima o interminable sucesión de libros sobre El Libro propiamente dicho.

Vale.

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Relato integrante de EL ARCO DE LA INMORTALIDAD. Disponible, tanto en ebook como en papel, en Amazón y en brauliollamero.com

Mis relatos, en papel y ebook

EL ARCO DE LA INMORTALIDADBuena parte de los relatos de este libro me acompañan desde el inicio de mi vida literaria. Pese a no ser muchos, solo diez, y no demasiado extensos, podría haber titulado el volumen “Mis cuentos completos”, pues, de hecho, están casi todos los que he escrito desde que empecé emborronar folios. Entendámonos: todos los que han sobrevivido a las sucesivas purgas, pues en cada revisión –y han sido infinitas en las décadas que llevan conmigo- han ido cayendo los peores o los que menos me acertaron a convencer.

Lo cierto es que este del relato no es un género que haya llamado demasiado mi atención, sencillamente por su carencia histórica de mercado en España. En otros países, en Sudamérica, por ejemplo; no digamos en EE.UU., sí que existe un público ávido de cuentos o relatos cortos, que compran los libros que los recogen o las revistas en que se dan a conocer. Eso en España, tradicionalmente, no ha existido. En ficción, el mío es un país de novela. Y si ya resultaba y resulta complicado publicar una novela, mejor no pensar en lo que te diría un editor al que le fueras con una colección de cuentos o relatos. De ahí, ya digo, que nunca haya frecuentado demasiado el género.

Los cuentos aquí recogidos son de dos tipos, esencialmente. La mayor parte procede de mi juventud, de mis primeros años de escritor, inédito aún y buscando estilo, camino, mi propia horma. A esa etapa de búsqueda y a veces de experimentación corresponden “El arco de la inmortalidad”, “Viento es la distancia”. “La voz más bella del mundo”, “Las fuerzas del mal” y “Las manos vacías”. Contaré algunos detalles que pueden interesar al lector sobre tres de ellos.

EL ARCO DE LA INMORTALIDAD es el que más me obsesionó durante muchos, muchos años. De hecho, tiene la estructura interna de una obsesión, de un sueño, de una pesadilla extraña; me parece más fabricado con mimbres de lo onírico que del mundo real. Durante mucho tiempo estuve convencido de que en él anidaba o podía germinar una novela. Pero cada vez que lo reabría y examinaba, en vez de expandirse, crecer; se reducía más, pues nunca dejaba de hallar palabras superfluas o equívocas, que eliminaba de inmediato y sin compasión. Ha quedado reducido así a su esencia más pura y dura. Fue bastante más extenso, pero estoy convencido de que nada de lo eliminado añadía nada imprescindible a lo que ha sobrevivido. Argumentalmente, es el relato más oscuro. Pero que nadie me pregunte, tras leerlo, por su significado: si lo supiera creo que es cuando hubiera podido transformarlo en novela. (Aunque no sé si en cierto modo no lo hice: mi novela “El Beso del tiempo”, que es posterior, conserva bastante del “alma” de este relato, aunque modificara sustancialmente la “piel”).

De LAS FUERZAS DEL MAL creo pertinente contar que antes que relato fue guion de cortometraje. En mis años de estudiante en Madrid quería ser director de cine, entre unas cuantas cosas más, e hice algún cortometraje en Super-8. El segundo de ellos se tituló “Malvas” y sirvió para convencerme de que lo único que yo podía hacer medianamente bien en el mundo del cine era escribir el guión, lo único salvable de aquel corto que escribí, produje, dirigí y hasta interpreté. Pues bien, este relato viene a ser aquel guión, algo más “literaturizado” algún tiempo después.

Curiosa es igualmente la historia que encierra LAS MANOS VACÍAS, el relato elegido para cerrar este libro, aunque cronológicamente sea de los más antiguos y quizá incluso el primero. A falta de recuerdos precisos, me baso para datarlo en que es el único del que sé a ciencia cierta que fue escrito a mano, cosa que solo hice en mis primeros años de estudiante en Madrid. Pronto, mis padres me compraron una máquina de escribir y jamás he vuelto a escribir sin darle a algún tipo de teclas. Encontré este relato hace poco, entre la tonelada de papeles metidos en carpetas que me sigue a todas partes. En una de las carpetas aparecieron unos cuantos folios de escritura manual apresurada y empecé a leer por curiosidad, pero pensando que contendrían solo alguna historia inconclusa, como sucediera tantas veces. Para mi sorpresa, sin embargo, esta historia sí que estaba completa. Era obvio que la había escrito en su momento de un tirón; y que, sin corregirla ni releerla, la había metido en una carpeta donde la olvidé. Pero tenía sentido, me pareció que no estaba nada mal, la pasé a ordenador, la pulí mínimamente y la recuperé. Me sorprendió del relato, sobre todo, la forma en que había sido escrito: a modo de diario y hacia atrás en el tiempo, sin perder por ello el interés ni la tensión narrativa. Es uno mis favoritos en este libro, tanto por esa originalidad, como por el escalofriante tema en si.

No creo que sea excesivamente posterior a ese primer bloque de relatos de juventud, EL JUEGO DE LA COMETA. Es, desde luego, el siguiente por orden cronológico, pero me suena más de mi etapa salmantina, ciudad en la que viví algunos años, tras concluir estudios y empezar a trabajar como periodista. Esa historia tiene como peculiaridad que es uno de los muchos intentos que ha hecho por emerger en mi obra literaria un personaje sin suerte, Juan Dársena. El protagonista de este cuento se me ha colado en algún otro más e intentó protagonizar una novela que no pasó de unos primeros y prometedores folios. Por ahora, sin embargo, no ha logrado su objetivo de llegar a ser uno de mis grandes personajes. Aunque sigue por ahí, por mi cabeza, merodeando y esperando su oportunidad.

Después de “El juego de la cometa”, habría que situar SUCIO REALISMO, que no es en realidad más que una broma literaria escrita cuando se puso de moda el “realismo sucio” americano; movimiento que me pareció de lo más banal y del que quise hacer burla utilizando sus mismas armas.

UNA MUJER TAN, TAN FELIZ es bastante reciente. Pese a lo cual no sé a cuento de qué lo puedo haber escrito, estando tan lejos temáticamente de lo que suele interesarme. No obstante, me pareció que tenía cierta gracia y, no sin dudarlo mucho, lo he dejado estar.

TRASTES es el último de los que he escrito. Formó parte de un libro colectivo que se repartía gratuitamente y para el que me pidieron un “cuento de Navidad”; pero no sé si al lector le parecerá que cumplí con demasiada obediencia el encargo. El relato, con todo, puede ser uno de los que más guste de este volumen, por su factura “clásica”, su tono de ingenuidad y su trasfondo temático.

Finalmente, debo decir algo de EL VERDADERO DON QUIJOTE ES DE MI PUEBLO. Como en el caso anterior, lo escribí cuando me pidieron participar en un volumen colectivo de homenaje al gran libro de Cervantes, que editó el sello salmantino Celya en 2005. Decidí entonces que mi homenaje a Don Quijote y a Cervantes lo fuera en todos los sentidos, tanto en el tema o contenido, como en la forma. Esta, por si alguien quiere comprobarlo, viene a ser el primer capítulo del Quijote, tal cual, con el mismo o parecido número de palabras, y modificando éstas solo en la medida en que era imprescindible para contar una historia o relato diferente. Creo que el resultado resulta, cuando menos, curiosísimo, estimulante y francamente divertido, en más de una dirección.

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Prólogo de “El arco de la inmortalidad”. Disponible, tanto en papel como en ebook en Amazón, Createspace o mi Web.

Sí hay trabajo

indigenteUno de los “mantras” más recitados por esta ralea política de baja estofa que nos gobierna es la de que “no hay trabajo”. Y por eso se ha multiplicado el paro en España (y en Europa en su conjunto), hasta extremos demenciales. Y por eso sigue incrementándose, sin que los gobernantes puedan hacer nada, pues, ¿qué va a poder hacerse “si no hay trabajo”?

Pero trabajo ya lo creo que hay. Sobra por todas partes, mírese adonde se mire. En el bar al lado de mi casa, oigo a veces el lamento de su único camarero:

-Antes éramos dos, una hacía la tarde, otro la mañana. Podíamos vivir. Ahora estoy yo solo. Mis jornadas son de doce horas o más. Incluidos fines de semana. Hay meses en que mi mujer ni me ve. Mi sueldo es el mismo, claro, que cuando éramos dos. Pero mi jefe dice que debo estar agradecido, porque soy el que sigue trabajando.

En todos los bares, tiendas, negocios pequeños suspiran por tener más empleados, porque trabajo hay, pese a la crisis. Lo que no tienen es dinero para pagarlo.

No te digo nada si vas a un hospital. Es terrible la carencia progresiva de personal a todos los niveles. Asusta el estrés que se percibe en los profesionales sanitarios. Se necesita gente en todas las plantas, en todos los servicios, en todas las especialidades. No reducen porque sobre personal, reducen porque “no hay dinero” para pagarlo.

Y en Educación, tres cuartos de lo mismo. Y en cultura, investigación… O donde queráis mirar. En todas partes hay trabajo, sobra trabajo, hay tareas impresionantes en espera de que alguien las aborde. Lo que falta en todas, dicen, es dinero: esa ficción contemporánea.

¿Por qué de pronto no hay dinero para nada, cuando hasta hace nada había dinero hasta para tirar, o eso parecía viendo a los imbéciles que ahora nos dicen que hemos vivido -serán hijos de…- por encima de nuestras posibilidades? ¿Qué ha pasado de ese ayer a hoy?

La avaricia rompe el saco, me enseñaron a mi desde la escuela para vacunarme contra el exceso de codicia. Se ve que no se lo enseñaron a todos por igual. Lo que está pasando es solo que los de más arriba no controlaron su codicia, su avaricia acaparadora y han roto el saco de la riqueza colectiva. Pero no os engañéis, como de costumbre: los de arriba no son los políticos. Estos son mindundis, títeres sin personalidad, corruptos menores, mentecatos dóciles al verdadero poder. Los de arriba son los señores de la pasta: los grandes financieros, los que se ha adueñado de gigantescas empresas de “capital anónimo”, los banqueros y sus secuaces, la legión de amorales que revolotean a su alrededor bailándoles el agua para que les caigan migajas del gran banquete…

Es a todos esos a los que se les ha ido la mano, por decirlo así. Y han quebrado el normal funcionamiento de una sociedad, en la que se reparten las tareas de modo que todos tengan algo útil que hacer y reciban a cambio su compensación. Se han quedado y se siguen quedando con la pasta todos esos codiciosos insaciable Y nuestro problema, el de los abajo, es que nos encontramos sin “primo de Zumosol” que nos defienda y al que recurrir. En democracia, ese papel lo cumplían los Gobiernos elegidos. Pero hace tiempo que se empezó a ver que algo iba mal y los Gobiernos -no solo el de ahora- no nos miraban a nosotros cuando había que gobernar

Por sintetizarlo y acabar: estamos en manos de dementes cuya codicia es ya gigantesca e irrefrenable (economía especulativa o de casino de los mercados) y sin nada ni nadie a lo que recurrir (políticos corruptos, o sea, comprados; y Justicia inexistente e invalidada por su incapacidad para defender su independencia). Y eso es lo único que pasa y que provoca la progresiva parálisis del país.

Ante esa parálisis progresiva llamada desempeo, la embolia no puede tardar. Y una de dos, o palmamos o quedamos en silla de ruedas.

Hay una tercera opción. Bisturí y empezar a cortar el brutal tumor de codiciosos que está acabando con nosotros.

Yo no digo más.

Pero que no me venga nadie con la necedad del No hay trabajo. Trabajo sobra. Miréis donde miréis. Lo único que falta es dinero para pagarlo. Y solo porque el dinero lo sigue acaparando, cada vez más a lo bestia, esos cuatro mil (no creo que sean más) que ya sabéis… o deberíais de ir sabiendo.

Amén.

Receta contra la piratería

En uno de los muchos debates sobre piratería literaria que hay en la red (http://www.lecturalia.com/blog/2012/02/22/han-pirateado-mi-libro-y-ahora-que/ ) acabo de hallar esta “receta” para combatirla por parte de los autores que se vean atracados en sus derechos. Me parece de lo más interesante, porque ya estoy saturado de los gorrones sin argumentos, empeñados en que tienen derecho a la cultura gratis “porque les sale de ahí”.
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1- Busca el título de tu libro en Google.
2- Notifica a Google todas las webs que incluyan una copia pirata: https://www.google.com/webmasters/tools/dmca-dashboard?hl=es&pli=1

A lo que más temen TODOS los webmasters es a que Google les penalice el ranking. Es decir a desaparecer de los resultados de Google o en el mejor de los casos bajar en la posición de los resultados de búsqueda.

Otra solución simple es notificarle al autor de la web que simplemente le vas a poner una denuncia penal si no elimina el contenido. ¿Que no te hace caso o no te contesta? Pues vale… SE LA PONES. Una denuncia penal es GRATIS. La puedes poner en cualquier comisaría e incluso por internet. La policía se encargará de encontrar y citar al autor de la web e iréis a juicio. La condena MÍNIMA será una multa y ANTECEDENTES PENALES. Es decir que si otro día le pillan conduciendo con dos copitas, por tener antecedentes INGRESA EN PRISIÓN.

Estas son las dos formas que funcionan. Han encerrado al de Megaupload, con lo que como te imaginarás no tendrán mucho problema en hacerlo con el que ponga un mensaje en forocoches. La de Google te puedo asegurar que funciona y QUE ES LA QUE MÁS LES JODE pero por supuesto puedes aplicar la dos y te repito que las dos son fáciles, gratis y efectivas. He probado las dos y funcionan. Con una forma todas las webs desaparecieron de los resultados de Google cuando buscaban uno de mis libros. Con la otra forma se llevaron detenido al dueño de una copistería y le metieron unos 20.000€ de multa, creo recordar.
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Y hasta aquí la “receta” que desde luego yo pienso aplicar contra el gorroneo literario, en lo que me vaya afectando.

Feliz Día del Libro

Uno de mis regalos para esta fecha y para quienes me siguen por aquí: EL ARCO DE LA INMORTALIDAD. Se trata de un libro de relatos, 10 en total, que como poco te va a sorprender. Desde hoy, durante 5 días, GRATIS para ti. Porque estoy celebrando, por todo lo alto, mi santo u onomástica de verdad: San Libro Bendito, el Día del Libro 2013. Descárgatelo y empieza a leer:

http://www.amazon.es/EL-ARCO-INMORTALIDAD-Relatos-ebook/dp/B007R59OHG/ref=sr_1_6?s=digital-text&ie=UTF8&qid=1366704946&sr=1-6

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Una novela en un cajón

Reproduzco aquí una reflexión, un tanto extensa, que se me ha deslizado hoy en mi cuenta de Facebook:

Voy a tener que publicar, aunque sea por mi cuenta y sin ganarle un céntimo, la segunda novela que escribí, hace demasiados años. Su tema: el dinero. Su protagonista: un ejecutivo de Caja de Ahorros local sin escrúpulos ni conciencia. Lleva en un cajón unos 15 años, pero cada vez me parece de más actualidad… El problema es que está destinada a ser una obra tan “maldita” o minoritaria como EL BESO DEL TIEMPO. Su lenguaje es no menos elaborado y quise hacer una biografía contando sólo lo que nunca cuenta una biografía al uso o convencional: o sea, el típico producto del que huye como de la peste cualquier editor con ganas de “triunfar”. En fin, tendré que meditar sobre esa obra que se pudre en un cajón…