PINDONGO

Este es un prólogo que nunca existió. Me lo pidió hace mucho tiempo un grupo de teatro amateur de Zamora, el “Juan del Enzina”, para un libro conmemorativo de sus 5o años de vida. Acepté encantado, porque para sus integrantes escribí y se representó mi única obra de teatro infantil, “PINDONGO, el tontolisto” (publicada más tarde como “Pindongo y la costurera de sueños”). El prólogo, sin embargo, no gustó al director del grupo, Antonio Sastre, por estar centrado en su persona y no en el grupo como colectivo, según me dijo. Quiso que escribiera otro diferente, pero no lo hice. Mi prólogo era éste, gustase o no. Así que nunca se publicó y años después, limpiando el ordenador, lo he encontrado y lo dejo aquí. Me sigue gustando mucho y no deja de ser un curioso retazo autobiográfico. 

……………………………………………………………………

PINDONGO, ANTONIO SASTRE, EL TEATRO Y YO

(Un prólogo frustrado)

 

UNO

Uno era entonces muy joven. Y audaz. Estaba uno, Antonio, en esa edad en la que te atreves con todo. De qué si no iba a escucharte cuando viniste un día y me soltaste sin más:

-Oye, ¿y por qué no escribes una obra de teatro infantil para el grupo? Después de “Serapio y Yerbabuena” necesito algo nuevo para niños, pero busco y rebusco sin encontrar nada que me guste. ¿Te atreves?

 

DOS

Bueno, a ver. No es que vinieras sin más o fueras por la ciudad preguntando al primero que se te cruzara:

-¿Quiere usted escribir una obra de teatro para mi grupo?

Tu tampoco has dejado de ser nunca audaz, pero a tanto, que yo sepa, no llegabas. Si me lo dijiste a mi fue porque nos conocíamos de tiempo atrás, de muchas semanas. Nos veíamos cada dos por tres en Radio Zamora, cuando estaba en el esquinazo de “La Farola”, porque mis enredos radiofónicos habían plantado allí un curioso jardín. Se llamaba “El jardín de Koromín”. Y era una de las muchas “motos” creativas que le coloqué al bueno de Miguel Ángel González, director de la emisora (aunque no fue la más loca de mis ideas, ni mucho menos). Se trataba de un programa para niños, breve pero denso. Y una de sus partes fundamentales era la narración de un cuento, que yo escribía expresamente para cada programa (tres a la semana, dentro del magazine de la tarde que presentaba la inolvidable Charo Borrego).

-¿Y eso cómo lo harás? –me preguntó en su momento el director de Radio Zamora.

-¿Cuál? ¿El cuento? Hombre, lo narraré sin más, con música de fondo. Lo ideal sería escenificarlo con una compañía de actores, pero sé que estamos en Zamora, no en la emisora de Madrid, que tiene medios y gente.

-Oye, espera un momento. Si tu crees que quedará mejor con actores, lo haremos con actores. Conozco un grupo que lo representará de maravilla.

Y así fue como el “Juan del Enzina” entró en mi vida. O yo en la suya, según se quiera mirar.

 

TRES

Nunca entendí por que os teníamos por “aficionados”. “Amateurs”, como dicen los franceses, sería un término más aceptable, porque desde luego amabais el teatro. Pero lo vivías con una intensidad superior a la mera afición. Y, de hecho, vuestras interpretaciones de mis cuentecillos, escritos de tirón, en un santiamén, sin apenas corregir nada, que os entregaba el mismo día en que grababais, sin tiempo para una lectura previa y sin que contáramos con otros medios radiofónicos que la música y algún que otro efecto sonoro, eran de una profesionalidad que aun hoy me pasma. El entusiasmo, supongo, os hacía suplicar a la perfección la falta de medios y tiempo.

 

CUATRO

De eso nos conocimos. De que cada semana llegabas, Antonio, con tu “troupe” de jóvenes teatreros, recibías mis torpes papeles y al poco rato, “¡voilá!”, disponía de una bella narración radiofónica que daba un inusitado brillo a mi programa infantil. Y entonces a ti –supone uno ahora-, viendo que los folios me salían de la máquina a toda velocidad, sin tiempo para pensarlos pero con cierta gracia y aún más desparpajo, pues se te ocurrió la pregunta de marras:

-¿Por qué no nos escribes una obra de teatro?

-¿Yo? Pero si de teatro no sé nada…

-Tú limítate a escribir un cuento mas largo de lo habitual. Del teatro, ya nos encargaremos nosotros.

Te dije que si. ¿Cómo iba a responder lo contrario, si todas las semanas, ya digo, transformabais, a cambio de nada por cierto, los cuentecillos sin importancia del ultimo becario de Radio Zamora?

Te dije que sí. Pero en esa época nunca me faltaba trabajo y tardé en sentarme a satisfacer tu demanda. Aunque no lo recuerdo con precisión, conociéndome, seguro que escribí el titulo, quizá algo más y ahí lo dejé, sobre la mesa camilla del piso alquilado en el que entonces vivía, en la calle Bajada del Mercado. Hasta que algún tiempo después me diste el primer toque:

-¿Cómo va esa obra?

-Eh, bueno, bien… Ahí anda.

-No la descuides, que en pocas semanas tenemos que empezar los ensayos.

-Vale, vale, no te preocupes, que la tendré.

Pero la no la tuve y llegó el momento de iniciar los ensayos. Me llamaste:

-Oye, trae la obra, que mañana empezamos a ensayar.

-Bueno, es que… No la tengo acabada del todo.

-Da igual. Tú la traes como la tengas y mientras ensayamos puedes seguir corrigiendo.

-Bueno, verás… Es que no la he terminado.

Te pusiste en lo peor.

-¿La has escrito o no la has escrito?

No me quedó más remedio que reconocer la verdad:

-La mitad. Tengo el primer acto. Pero me falta el segundo.

Eso de que la obra tuviera dos actos, por cierto, también fue cosa tuya. Me dijiste que dejara un descanso, porque si no en la gira por los pueblos se podían aburrir. Y me sugeriste también que incluyera partes cantadas y participación del público, para darle más amenidad.

-Empezaremos a ensayar esa primera parte –me dijiste, tajante-. Mientras lo hacemos, vas escribiendo la segunda.

Y así fue en verdad como ocurrió. Ensayabais entonces en un destartalado local, con un cartelón enorme en sus balcones donde se leía “Educación y Descanso”, en plena calle de Santa Clara, frente a la plaza de Zorrilla. Allí mismo me citaste al día siguiente, junto a los actores que iban intervenir. Te di el primer acto de  “Pindongo, el tonto-listo“; le echaste una vistazo y me dijiste:

-Para la segunda parte, mira a ver si puedes incluir un papel más, porque tengo otra chiquita, que es hermana de Perico, el que hará de “Pindongo”, y no quiero dejarla fuera.

Aquella segunda parte la escribí con extrema rapidez, agobiado por tener al “Juan del Enzina” ensayando una obra inconclusa, demediada, sin terminar. Por supuesto añadí un pequeño papel. Y ahí os dejé a vosotros, en el destartalado local, empeñados en dar vida a los folios que con tanto atropello había hilvanado.

 

CINCO

Recuerdo con enorme viveza el día del estreno, meses después, en el enorme teatro de la Universidad Laboral completamente abarrotado de niños. A mí, con más nervios que todos tus actores juntos, me colocaste en un palco, con mi familia. Empecé comiéndome las uñas, pero pronto me calmé. En cuanto vi que vosotros, como en los cuentos de Koromín, habías transformado mi simple, mi plana historia, en algo que tenía relieve, luz, color; en algo rebosante de vida, de música, de optimismo, de calidez. Los niños reían durante la obra, se sublevaban contra el ogro genialmente interpretado por Coscarón, se partían con la insuperable interpretación del pregonero Canelo y de los demás… Y yo también disfrutaba como si no conociese el argumento que se suponía de mi invención. Al final los aplausos fueron atronadores y hasta me sacaste, qué vergüenza, a que saludara con la compañía desde el escenario.

 

SEIS

La experiencia fue inolvidable; literalmente inolvidable, como ves. Y más importante de lo que puedas creer para mi futura trayectoria de escritor. Porque aquella obra que me “obligaste” a escribir fue la que me hizo entender que quizá fuera capaz de contar cuentos de más de tres folios. Sin el “Pindongo”, vete tu a saber si me hubiera visto con fuerzas alguna vez para meterme a crear obras ambiciosas de Literatura Infantil. Y aunque nunca más surgió la ocasión de colaborar con el “Juan del Enzina” –me fui pronto de la ciudad y me metí en otros muchos berenjenales-, por todo lo dicho, Antonio, nunca me he sentido ajeno a tu grupo de “amateurs”, de amantes del teatro.

Que hayáis cumplido el medio siglo, rebosantes de energía y salud teatral, es una excelente noticia para la vida cultural de provincia. Y ya lo creo que merecéis un libro como éste: no conviene olvidar lo que se logra desde una afición pura, altruista y comprometida.  De eso es de lo que dan buena, sensible y justa cuenta las páginas que ahora siguen y que pueden asombrar al lector que no haya conocido de cerca al grupo “Juan del Enzina”, a su impagable y cambiante “tropa”, y a su siempre inquieto, incansable e inmerecido director, Antonio Sastre.

¡Que se abra –otras mil veces- el telón!

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