virutas y hojarascas

blog de notas literarias e intermitentes

La cultura e internet

Publicado por Braulio Llamero en 1, marzo, 2011

En Internet, dicen a menudo, se ha instalado “la cultura de lo gratis”. Me hace gracia la expresión. Qué tendrá que ver cultura con gratuidad. Sería más correcto hablar de que se ha instalado la costumbre de que en Internet todo tiende a ser gratis… salvo Internet en si, pues es sabido que España es uno de los países más caros del mundo a la hora de conectarte a esa “autopista de la información”. Se quejan los cineastas, con razón, de que Internet es una selva sin ley donde puedes encontrar cualquier película, incluso de estreno y verla por la cara. Se quejan los músicos, con razón, de que ya no hace falta comprar sus discos; uno puede encontrar todas las canciones en Internet, descargarlas por la patilla y después pasarlas a un disco, ordenándolas además como nos venga en gana. Los escritores nos quejaremos muy pronto –en cuanto la mayor parte de los lectores tengan su aparato electrónico de lectura o “ereader”- porque todos los libros están ya en Internet esperando  a que los pase a su ordenador quien quiera y sin soltar un céntimo.

-Es la cultura de lo gratis, que se ha instalado en Internet y nadie quiere ya pagar por nada –dicen algunos, pesimistas.

La frase en si es un tontería. Por Internet se vende hoy día de todo, desde televisores a cámaras de fotos, pasando por libro de papel y cuanto puedan imaginar. Pues bien, por todo eso se paga. Faltaría más. Y si no, naturalmente, nadie te lo manda. Con lo único que hay problemas es con lo que se ha “volatilizado”, hecho humo, con lo que ha perdido cualquier tipo de sustancia, con lo que se ha hecho inmaterial; esto es, con lo que se ha transformado en “digital”. Estamos acostumbrados a que se comercie con lo físico, con productos tangibles, con cosas concretas:

-Yo te doy este objeto y tu me das dinero a cambio.

El problema es cuando lo que queremos vender no tiene consistencia física. En la música, la consistencia física la daba el soporte, el disco o cinta, la funda que los envolvía. El cine solo era posible verlo si se contaba con la bobina de celuloide donde estaba grabada la película y con las máquinas que permitían proyectar las imágenes de la bobina; para todo lo cual se necesitaban lugares especiales, a cuya entrada se podía cobrar a los interesados. Los libro solo podían leerse si estaban escritos sobre papel, en un soporte llamado libro, del que se hacían tantas copias como posibles personas se calculara que estarían interesadas en pagar por leerlos. La revolución de Internet ha consistido en que permite eliminar la necesidad de soportes físicos para todas esas artes (y también para los periódicos y revistas). De modo que de la música solo se necesita la música en si, reducida a datos invisibles que podemos reproducir con aparatos que hay por casa y que solo tenemos que comprar una vez. Para ver cine tampoco es necesario ir a una sala exterior o alquilar un DVD: las películas también son ahora datos invisibles, lenguaje digital, que podemos “empaquetar” de mil maneras y verlo de otras tantas. Con los libros, desde que las viejas máquinas de escribir o la caligrafía manual fueron sustituidas por los datos invisibles del lenguaje digital de los ordenadores, pasa otro tanto. Ya no mandamos a las editoriales un montón de folios, por triplicado y con el nombre de “novela”. Ahora mandamos un correo electrónico y, como documento adjunto, la obra que durante meses o años hemos estado tecleando y puliendo: aparentemente es lo mismo de antes, una novela; pero en realidad es algo sin consistencia física, que en apenas unos segundos pasa de mi ordenador al de cualquier editorial… Como podría pasar, y por ahí va el futuro, de mi ordenador al de los lectores, sin necesidad alguna de intermediarios.

Es decir, el paradigma de la transmisión cultural hasta ahora vigente se ha modificado de pronto y de raíz. Todo lo que hemos conocido, todo eso que suelen llamarse industrias culturales, está a punto de cambiar, está cambiando ya. La cultura del siglo XX, la del XIX, no va a tener nada que ver, pero nada y en ningún sentido, con la cultura del XXI y siguientes, a punto de estallar, estallando ya. Así es como ve uno esas cuestiones, desde este rinconcito remoto, amable y periférico del mundo. No sin pena y hasta nostalgia, claro, pues ese que agoniza es, desde luego, mi propio mundo cultural.

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El violín de Einstein

Publicado por Braulio Llamero en 27, octubre, 2009

einstein_violin“Una de las cosas más desconcertantes del arte es que sus formas son tan numerosas y tan diversas que desafían todo intento de encontrar un denominador común. ¿Qué tienen intrínsecamente en común la califrafía japonesa y con concierto de heavy metal?… Y, sin embargo, en ambos casos se trata de arte; reconocemos el arte donde lo vemos…”

“Creo que la esencia del arte radica menos en las propiedades intrínsecas de los objetos artísticos que en la naturaleza de lo que hace por nosotros. Lo que propongo aquí es que el origen y la función del arte son análodas al origen y la función del deporte. Pero si la razón de ser del deporte es ejercitar el cuerpo, el corazón, los pulmones y los músculos; la razón de ser del arte es ejercitar la mente, ejercitar el cerebro con sus numerosas y diversas funciones perceptuales y cognitivas. Propongo que la función del arte en la sociedad es es proporcionar ejercicio para la mente y para los sentidos, y de este modo reforzar la potencia del cerebro de una forma abierta, no vinculada a ninguna tarea práctica concreta…”

“… La idea del arte como refuerzo para la mente ya ha penetrado en la conciencia pública, o al menos en el subconsciente público. Los padres les ponen a sus hijos (o incluso a sus fetos) música de Mozart con la esperanza de que ésta mejorará su desarrollo cognitivo. Igualmente conocida es la asociación entre el genio científico o político y las aficiones artísticas; basta con pensar en el violín de Einstein y en la paleta de Churchil…”.

……………………

ELKHONON GOLDBERG: “La paradoja de la sabiduría: cómo la mente puede mejorar con la edad”. Editorial Crítica, colección Drakontos.

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Yo (y mis circunstancias)

Publicado por Braulio Llamero en 3, febrero, 2009

“De pequeño siempre quise ser escritor. Pero no sabía si algún día lo conseguiría y ganaría algo con ello; por eso busqué una profesión que me diese de comer. Elegí Periodismo, porque también consistía básicamente en escribir. He sido periodista durante un cuarto de siglo y no puedo quejarme: comí todos los días. Al tiempo, he conseguido también escribir algún que otro libro; casi una veintena, en su mayor parte de Literatura Infantil. Pero no estoy contento. Aún no he dado a la imprenta el único libro que siempre he querido escribir: el mejor del mundo. Así que al periodismo lo he dejado de lado, porque ya no lo necesito para comer; pero sigo con la Literatura porque la necesito para vivir. Y porque sé que aunque nunca alcanzaré mi objetivo, el mero intento vale la pena (y da frutos)”.

(Acabo de escribir este texto, porque me pedían una presentación “desenfadada” para un Catálogo de Autores. Me ha parecido que también quedaría bien aquí. Perdón por el inevitable narcisismo).

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5′

Publicado por Braulio Llamero en 22, enero, 2009

http://www.vimeo.com/2539741

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…Vida nueva

Publicado por Braulio Llamero en 2, enero, 2009

Por una vez, el tópico se hace realidad. El tópico: “Año nuevo, vida nueva”. La realidad: desde ayer, uno de enero de 2009, mi vida ha entrado en una etapa radicalmente nueva. Ya no trabajo en Radio Nacional de España. Soy uno de los más de cuatro mil prejubilados de RTVE. Y a eso se añade, como efecto colateral, que tampoco puedo seguir, al menos por unos años, con mis otras actividades de tipo periodístico; como escribir artículos en diferentes diarios. Estoy, pues, ante una vida nueva en la que de pronto voy a tener lo  que más me ha faltado en estos años anteriores: tiempo. Y en particular, tiempo para la literatura. Me parece un regalo inesperado del destino, que parece decirme:

-Vamos a ver si de verdad era cuestión de tiempo eso de que escribieras poco y sin demasiada ambición. Vamos a ver si con tiempo consigues algo más o solo te has estado engañando…

Algo de vértigo existencial, en estos momentos, sí que tengo.

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Todos artistas

Publicado por Braulio Llamero en 19, noviembre, 2008

artistasVivimos una era la mar de curiosa, sobre todo en lo que a cultura se refiere. Resulta que ahora, cosa nunca vista antes, todos somos artistas. O podemos serlo. O le seremos con tan solo desearlo. ¿Y el talento? No cotiza algo tan abstracto, indefinible e irremediablemente elitista (por ser cosa de pocos). Se ha democratizado la concepción de la cultura y por tanto se entiende que ésta ha de estar al alcance de cualquiera: ojo, no en su consumo; sino al hacerla, al protagonizarla, al tratar de ser artistas. Así que tú puedes programar una conferencia a cualquier hora y casi seguro que no acudirá nadie (salvo que se trate de un televisivo), trátese del tema que se trate:

-¿Y el público? –se pregunta entonces el conferenciante.

No hay público. Lo que antes era público hoy se dedica a pronunciar, si le dejan, sus propias conferencias.

Si eres pintor, da igual de qué estilo o forma expresiva, de qué calidad en tus propuestas, abrirás una exposición y verás deprimido que apenas acude nadie que no conozcas de antemano o sea de la familia.

-¿Y el público? –se preguntan los expositores, perplejos ante tan aparente indiferencia.

No hay público. Quienes antes visitaban exposiciones de pintura, van ahora a clases de dibujo y aspiran a exponer pronto ellos mismos.

Si eres músico y programas un concierto bello, incluso sin cobrar un céntimo por la entrada, lo más probable es que no llenes el recinto elegido y que apenas veas algún desconocido que se haya acercado a escucharte.

-¿Es que ya no le gusta a nadie la buena música? –Te preguntarás perplejo.

Sí, sí que le gusta la música a la gente. Más que nunca, acaso. Pero están todos en los Conservatorios, en las Escuelas Municipales, en las Academias estudiándola para dar cualquier día ellos mismos su concierto.

Ni se te ocurra presentar un libro, creyendo que aparecerán muchos interesados: solo verás a la familia, a dos o tres amigos y quizá a algún simpatizante si eres un poco conocido.

-¿Y los lectores? ¿Acaso no quedan lectores?

Apenas. Los lectores se han convertido en escritores y están, claro, en su casa escribiendo o metiendo su flamante obra en sobres para optar a un premio o llamando a conocidos que puedan conocer a editores.

La cultura se ha hecho participativa, chico, y se ha democratizado. Todos nos consideramos tan aptos como cualquiera para protagonizarla y ser, en definitiva, “el” artista. La única pequeña pega de tanta democracia cultural, me temo, es que implica de modo inevitable la complementaria muerte del público, del destinatario, del degustador de sus productos. En cuyo caso, ¿de qué sirve la cultura o de qué cultura estamos hablando?

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