virutas y hojarascas

blog de notas literarias e intermitentes

Esperanza en la Residencia

Publicado por Braulio Llamero en 17, Febrero, 2009

Ya quisiera yo andar por Madrid, para acercarme hoy a la Residencia de Estudiantes, a compartir un rato y unos versos con Esperanza Ortega. Como no puedo, porque me cae lejos, cuelgo aquí la invitación que la poeta me ha enviado, por si algún visitante tiene más suerte y le cae a mano el “festín”.

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Yo (y mis circunstancias)

Publicado por Braulio Llamero en 3, Febrero, 2009

“De pequeño siempre quise ser escritor. Pero no sabía si algún día lo conseguiría y ganaría algo con ello; por eso busqué una profesión que me diese de comer. Elegí Periodismo, porque también consistía básicamente en escribir. He sido periodista durante un cuarto de siglo y no puedo quejarme: comí todos los días. Al tiempo, he conseguido también escribir algún que otro libro; casi una veintena, en su mayor parte de Literatura Infantil. Pero no estoy contento. Aún no he dado a la imprenta el único libro que siempre he querido escribir: el mejor del mundo. Así que al periodismo lo he dejado de lado, porque ya no lo necesito para comer; pero sigo con la Literatura porque la necesito para vivir. Y porque sé que aunque nunca alcanzaré mi objetivo, el mero intento vale la pena (y da frutos)”.

(Acabo de escribir este texto, porque me pedían una presentación “desenfadada” para un Catálogo de Autores. Me ha parecido que también quedaría bien aquí. Perdón por el inevitable narcisismo).

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5′

Publicado por Braulio Llamero en 22, Enero, 2009

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…Vida nueva

Publicado por Braulio Llamero en 2, Enero, 2009

Por una vez, el tópico se hace realidad. El tópico: “Año nuevo, vida nueva”. La realidad: desde ayer, uno de enero de 2009, mi vida ha entrado en una etapa radicalmente nueva. Ya no trabajo en Radio Nacional de España. Soy uno de los más de cuatro mil prejubilados de RTVE. Y a eso se añade, como efecto colateral, que tampoco puedo seguir, al menos por unos años, con mis otras actividades de tipo periodístico; como escribir artículos en diferentes diarios. Estoy, pues, ante una vida nueva en la que de pronto voy a tener lo  que más me ha faltado en estos años anteriores: tiempo. Y en particular, tiempo para la literatura. Me parece un regalo inesperado del destino, que parece decirme:

-Vamos a ver si de verdad era cuestión de tiempo eso de que escribieras poco y sin demasiada ambición. Vamos a ver si con tiempo consigues algo más o solo te has estado engañando…

Algo de vértigo existencial, en estos momentos, sí que tengo.

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Todos artistas

Publicado por Braulio Llamero en 19, Noviembre, 2008

artistasVivimos una era la mar de curiosa, sobre todo en lo que a cultura se refiere. Resulta que ahora, cosa nunca vista antes, todos somos artistas. O podemos serlo. O le seremos con tan solo desearlo. ¿Y el talento? No cotiza algo tan abstracto, indefinible e irremediablemente elitista (por ser cosa de pocos). Se ha democratizado la concepción de la cultura y por tanto se entiende que ésta ha de estar al alcance de cualquiera: ojo, no en su consumo; sino al hacerla, al protagonizarla, al tratar de ser artistas. Así que tú puedes programar una conferencia a cualquier hora y casi seguro que no acudirá nadie (salvo que se trate de un televisivo), trátese del tema que se trate:

-¿Y el público? –se pregunta entonces el conferenciante.

No hay público. Lo que antes era público hoy se dedica a pronunciar, si le dejan, sus propias conferencias.

Si eres pintor, da igual de qué estilo o forma expresiva, de qué calidad en tus propuestas, abrirás una exposición y verás deprimido que apenas acude nadie que no conozcas de antemano o sea de la familia.

-¿Y el público? –se preguntan los expositores, perplejos ante tan aparente indiferencia.

No hay público. Quienes antes visitaban exposiciones de pintura, van ahora a clases de dibujo y aspiran a exponer pronto ellos mismos.

Si eres músico y programas un concierto bello, incluso sin cobrar un céntimo por la entrada, lo más probable es que no llenes el recinto elegido y que apenas veas algún desconocido que se haya acercado a escucharte.

-¿Es que ya no le gusta a nadie la buena música? –Te preguntarás perplejo.

Sí, sí que le gusta la música a la gente. Más que nunca, acaso. Pero están todos en los Conservatorios, en las Escuelas Municipales, en las Academias estudiándola para dar cualquier día ellos mismos su concierto.

Ni se te ocurra presentar un libro, creyendo que aparecerán muchos interesados: solo verás a la familia, a dos o tres amigos y quizá a algún simpatizante si eres un poco conocido.

-¿Y los lectores? ¿Acaso no quedan lectores?

Apenas. Los lectores se han convertido en escritores y están, claro, en su casa escribiendo o metiendo su flamante obra en sobres para optar a un premio o llamando a conocidos que puedan conocer a editores.

La cultura se ha hecho participativa, chico, y se ha democratizado. Todos nos consideramos tan aptos como cualquiera para protagonizarla y ser, en definitiva, “el” artista. La única pequeña pega de tanta democracia cultural, me temo, es que implica de modo inevitable la complementaria muerte del público, del destinatario, del degustador de sus productos. En cuyo caso, ¿de qué sirve la cultura o de qué cultura estamos hablando?

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Bombero a ratos

Publicado por Braulio Llamero en 21, Octubre, 2008

Sobre una bandejita de cerámica, encima del ordenador en el que trabajo todos los días, tengo desde hace tiempo una tarjeta de visita para que no se me olvide que he de llamar a quien me la dio. La tarjeta es mínima y con encanto. Está hecha a mano, cortada a mano y escrita a mano con limpia caligrafía. Dice: “Luis Angel Puente Román / ILUSTRADOR (Bombero a ratos)”. Y añade un número de móvil y una dirección de correo electrónico. Hablamos un día de su pasión por el dibujo, de su vocación de ilustrador. Se ofreció para ilustrar alguno de mis cuentos, si algún día me apetecía. Me apetecía, aunque le expliqué:
-Los autores de literatura infantil no decidimos nada en la ilustración de nuestros libros. Conocemos las ilustraciones cuando sale publicado el libro. Todo, en ese ámbito, lo deciden las editoriales, donde tienen sus equipos de ilustradores como tienen el de autores. Pero incomprensiblemente trabajamos de espaldas unos y otros.
Generoso, me replicó que daba igual, que él solo quería ilustrarme una historia por el placer de hacerlo. Aunque después ni siquiera llegara a publicarse. Y me dio la tarjeta para que lo llamara cuando quisiera, si un día tenía un cuento apropiado.
-Ya tienes mi teléfono, y así, si un día quieres, me llamas. Y si no, pues por lo menos sabes que no te volveré a dar la paliza.
Sin olvidarme del asunto y con la tarjeta a mano por ello, la verdad es que yo esperaba a que acabara este año para -estando menos liado que ahora- ponerme a pensar o a buscar un cuento adecuado. Mi idea, tal y como comenté en su momento, era abordar un álbum infantil, uno de esos libros de gran formato y colorido donde las ilustraciones son tanto o más importantes que el texto. La posibilidad de publicar algo así, muy caro de producir, es remota. Pero hay concursos específicos a los que cabía presentarse y que desde luego, si se ganan, son la mejor tarjeta de presentación para un ilustrador.
Resultó que nos veíamos después cada dos por tres, porque andábamos por la misma zona de la ciudad y porque él con sus dos hijos aparecía en todas las actividades a las que iba yo con las mías. Elegante, no me volvió a mencionar el tema de las ilustraciones. Tampoco yo. Seguro que ni por asomo pensaba que me hubiera tomado en serio su oferta. Yo quería darle una sorpresa al inicio del próximo año, dándole los folios de un cuento inédito para que lo ilustrara. Ahora no paro de mirar, impotente, la tarjetita de visita que un día me dio en la Plaza Mayor. Se soñaba ilustrador. Era bombero (a ratos). Y el Duero se lo tragó. Vaya mierda de cuento.

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